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Tenían muchos problemas. Había pobres sin hogar por todas partes. Enfermedades desconocidas hasta entonces asolaban la nación. El hedor que los mendigos y enfermos desprendían podía tumbar a cualquiera. Parecían malditos, olvidados por Dios. Algunos líderes religiosos decían que todo era por causa del pecado, pero nadie parecía tener soluciones verdaderas.

 Entonces, ¿de qué les servía un idealista? ¿Qué falta hacía que un visionario sin educación viniera diciendo: “Benditos los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Benditos los que ahora lloráis, porque reiréis”? ¿Por qué prometer a la gente el cielo en la tierra, cuando parecía que el gobierno estaba haciéndoles de la vida un infierno con sus leyes opresivas? Seguro que nadie pondría atención a este hombre.

PUES POR EXTRAÑO QUE PAREZCA, la gente le escuchaba. Recorrían kilómetros solo para verle, quizá en busca de un poco de esperanza. No importaba que no tuviera dinero para repartir, ni un programa de reformas sociales que proponer al gobierno. Quizá no hubiera ninguna solución para nada y lo único que Él podía ofrecerles era una fantasía de paz y amor que apartase sus preocupaciones.

Cuanto más popular se hacía, más rumores circulaban acerca de Él. Decían que era un curandero que obraba milagros. Decían que era un celote (revolucionario) abogando por una nueva clase de gobierno. Decían que era un diablo, llamando a la gente a que abandonara su religión para seguirle. Llegó a causar tanta agitación, que algunos dirigentes empezaron a preocuparse temiendo que hubiera revueltas y represalias por parte del gobierno. Esto causaría que muchos ciudadanos justos salieran perjudicados. Puede que toda su charla acerca de un gobierno basado en amor fuera la fachada y que su intención fuese dar un golpe de estado que seguramente acabaría siendo un desastre. Había que hacer algo pronto, y lo hicieron.

Encontraron a alguien que lo traicionara; le cogieron en mitad de la noche y le llevaron a juicio. Las pruebas eran confusas y turbias. Su propio testimonio parecía ser el de un mero soñador. “Mi reino no es de este mundo”, dijo, “si lo fuera, mis seguidores estarían luchando para liberarme”.

El juez promulgó un veredicto descabellado: declaraba su inocencia al mismo tiempo que le entregaba a sus ejecutores para que le clavaran en la cruz, lavándose las manos para librarse de la responsabilidad de su muerte.

Después de ser salvajemente torturado y tras una agonía de seis horas en la cruz, su cuerpo brutalmente desfigurado yacía en el sepulcro. La mayoría pensó que el soñador y el sueño se habían acabado para siempre.

SIETE SEMANAS TRANSCURRIERON, en las que sus discípulos pasaron desapercibidos. Después, aparecieron repentinamente llenos de vida, con la mirada clara, con presteza, llenos de paz y pasión al mismo tiempo, testificando de la bondad e inocencia de su Maestro, así como de la culpa de la nación y de sus líderes por haberle ejecutado. Pero no estaban reclamando sangre, sino haciendo una llamada al arrepentimiento y al perdón. Decían que con la muerte de su Maestro Yahshua ya se había derramado suficiente sangre para pagar por la culpa de todo el mundo. También decían que Él ya no estaba muerto. ¡Le habían visto vivo! Había ascendido al cielo para sentarse en el trono del universo, y les había dado su propio Espíritu para que viviera en ellos y fueran como Él.

El resultado de su testimonio sincero y pasional fue electrizante. Miles clamaron desesperados para ser liberados de su culpa. Todos ellos fueron sumergidos en el agua, bautizados y perdonados de todo su pasado; proclamando ser nuevas criaturas con una nueva vida, la vida de un discípulo de Yahshua, su Rey.

La expresión de esta forma de vida fue todavía más electrizante. Cada discípulo estaba tan interesado por el bienestar de los demás, que sacrificaba su propio tiempo, sus propios intereses e incluso sus propias posesiones para cubrir las necesidades de sus hermanos.

El resultado fue que, en una nación donde abundaba la pobreza y la gente sin hogar, surgió una nueva sociedad donde no había ricos ni pobres, y cada uno tenía un hogar donde era amado y cuidado.

Las palabras del soñador se habían hecho realidad: los pobres y hambrientos eran bendecidos. Un nuevo orden social había comenzado en la tierra.

¿Qué pasó con este nuevo orden social? La historia registra esta entusiasta vida comunal de hace dos mil años como un fenómeno de corta duración. Antes del siglo primero después de Cristo ya habían perdido el amor genuino y afectuoso por su Maestro Yahshua, y el amor entre ellos se enfrió.

De nuevo, en estos tiempos “el sueño” se está haciendo realidad y nuestro deseo es compartirlo contigo.