Imprimir

La maldición irrumpió fulgurante como un rayo. El aire de la noche estaba quieto y pesado, un trueno rasgó el silencio, y sin haber pronunciado ni juramento ni maleficio, la maldición se cernió sobre la gente. Pasó sobre ellos como pasa la sombra oscura de un buitre al volar por encima de un cadáver. Toda la tierra quedó bajo el dominio espiritual de unas manos invisibles, brutales y sin compasión.

El sol abrasador fue secando todos los ríos y lagos, las ranas se hacinaban en el fango de las grietas del suelo, la mayoría de las plantas murieron y las ovejas famélicas y sedientas buscaban sombra bajo las higueras marchitas que iban perdiendo sus hojas resecas. Sopló un viento sofocante y cargado de polvo que ahogó las esperanzas de muchos. El cielo centelleaba como el bronce, iluminando como una antorcha una tierra agostada y resquebrajada.

En las ciudades, los niños vagaban por las calles como huérfanos buscando diversión. Los hijos trataban a sus padres con desprecio y las hijas se burlaban de sus madres. Los ladrones se robaban entre sí y las prostitutas se ofrecían abiertamente y sin vergüenza.

La ira y el homicidio llenaban sus calles y casas como una plaga. Nadie se fiaba de nadie. Había enfermos por todas partes, desfigurados, ciegos, sordos, mancos, cojos, paralíticos y algunos endemoniados. La tierra estaba contaminada; no había integridad, ni verdad, ni justicia. La sociedad era como un mercado, una feria de vanidades donde los hombres vendían sus conciencias y su dignidad a cambio de una noche de placer. La maldición había transformado lo que una vez fue una tierra fértil y exuberante en una tierra esquilmada y árida. Personas hambrientas y sedientas andaban errantes buscando consuelo, sin hallarlo. La maldición había impregnado la sociedad entera, como un trapo empapado en aceite.

Entonces llegó Yahshua como renuevo que crece de un tocón viejo. Vivió en aquel entorno como una planta resurgiendo de una raíz que subsiste en el desierto. Era un hombre sencillo como un niño. Escuchaba cuando le hablaban. Su oído estaba sintonizado con la aflicción del corazón y respondía con la verdad. Le dolía la condición de su pueblo. Nunca había habido tanta corrupción y sufrimiento a todos los niveles en la sociedad, ni tantos religiosos hipócritas, ni tanta gente pretenciosa e independiente. Aunque muchos se conformaban a la sociedad anormal en que vivían y se habían insensibilizado a los efectos de la maldición, Él percibía la devastación hasta en lo más sutil de cada aspecto de sus vidas. Le entristecía ver lo poco que se cuidaban unos a otros, sus corazones encallecidos de egoísmo y cómo ignoraban a los pobres y necesitados que estaban entre ellos.

Yahshua vivió sin pecado y habló la verdad con amor; no era una persona complicada, lo que decía era tan claro que hasta los niños le entendían. Los que tenían el corazón tierno como un niño le escuchaban. No se preocupaba por las modas o por tener la aceptación popular. Su ocupación era hacer las obras que su Dios le había encomendado.

El clamor de su pueblo le acompañaba constantemente. Siempre había necesitados a su alrededor y Él los sanaba porque estaba lleno de compasión; aquellos enfermos ya no eran capaces de enderezar sus caminos. Habían perdido toda su dignidad por haber escuchado las mentiras del enemigo de Dios y de la humanidad y habían sido tan maltratados que hubieran seguido a cualquiera que les hubiera dado un pedazo de pan, no sólo a Él.

La situación llegó hasta el punto de no poder permanecer con ellos. Cuando todos querían hacerle rey, aunque los amaba mucho, se apartó de ellos porque sabía que aún no había llegado el momento de establecer su reino en la Tierra, pero no se refugió en el misticismo ni se retiró al desierto o a algún país lejano.

Entonces, le asesinaron, y Él no resistió la tortura, ni la muerte. Se entregó para romper la maldición y acabar con su dominio. Sufrió bajo el poder de la muerte durante tres días y tres noches, la afrontó sin temor, sabiendo que su Dios le rescataría. Poco después estaba vivo otra vez, resucitado y rebosante de victoria. Volvió a todos los que le amaban y le habían permanecido fieles y les llenó con el mismo espíritu que a Él le llenaba y con el que había vencido a la muerte. Sus amigos recibieron la misma vida que Él tenía.

El testimonio que sus discípulos daban de estos hechos desapareció hace mucho tiempo, pero ahora existe otra vez sobre la Tierra. Algo antiguo ha renacido, tal y como era, original y auténtico. En Él había una fuente de vida rica e inagotable, como un río de agua viva fluyendo constantemente desde su corazón hacia los demás; derramándose en todas direcciones. Vino a establecer una vida social, gregaria, en la que había libertad para dar y dar sin límites. Sus palabras y acciones infundían vida y ánimo; extendía su hospitalidad hacia todo tipo de personas y en todas las situaciones. Alentaba a los demás si se encontraban desanimados y les consolaba cuando se deprimían. Derramó todo lo que tenía para que ellos pudieran tener esa misma agua viva fluyendo desde lo más profundo de su ser.

Él es nuestro Maestro Yahshua, y es nuestro héroe.