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Levantando la maldición.

“¡Mirad el hombre!!” El gobernador romano levantó su voz y habló de esta manera a los judíos congregados ante él. Pilato vio un valor en este hombre que su propio pueblo no vio. Este era un hombre digno de respeto. Era obvio que sus propios sacerdotes le habían entregado por envidia. ¿Qué le hacia tan especial?... Molido, ensangrentado en pie estaba EL HOMBRE, como intuitivamente supo Pilato.

Si al menos hubieran entendido lo que significaban las marcas del látigo en su espalda. El profeta Isaías podría habérselo dicho. La espantosa imagen del hombre, Yahshua; la barba arrancada, la cara cubierta de sangre... Él podría haberles dicho lo que eso significaba... si las palabras hubieran salido de su desconsolado corazón.[1] Mas, para la generación que crucificó al Hijo de Dios, las palabras de Isaías estaban enterradas junto con su cuerpo. Ellos le vieron como un hombre golpeado pero no como el Cordero de Dios.

Nadie olvidaría el aspecto que tenía aquel día y más que nadie, sus amigos más íntimos. La agonía de su muerte se fue marcando en sus conciencias como una quemadura que se hacía aún más dolorosa con el     recuerdo de la vida admirable que Él había llevado y las obras de amor y compasión que llenaron sus días. Él era inocente y allí estaba, colgado en el lugar del culpable. Les conmovía el dolor que estaba escrito en cada aspecto de su ser: la respiración tortuosa, la sangre goteando de sus heridas... Uno de sus amigos, Yojanan, (Juan), estaba de pie al lado de Miriam, (María), la madre del crucificado. Había sólo unos pocos como ellos, sin temor a las consecuencias. Estar allí a su lado les importaba más que sus propias vidas. Pasaron agonía viendo como se le arrancaba la vida. ¡Cómo anhelaron satisfacer su sed cuando pidió de beber!, pero no podían acercársele.

Cuando bajó la cabeza, tras pronunciar sus últimas palabras, supieron que era el final. La vida del hombre que había significado tanto para ellos había terminado. ¡Qué pensamientos debió tener Miriam! Su hijo, el que salió de su seno y mamó de su pecho, para quien ella había cosido, cocinado y a quien había cuidado con todo su corazón, estaba ahora colgado, sin vida. Bajando la cuesta iban ella y Yojanan; después de presenciar una muerte como aquella, tenían que seguir adelante con lo que la vida les deparase.

¡Qué dolor sintieron! ¿Dónde estaba la gloriosa resurrección de la que les había hablado?

Y, ¿dónde estaba Él?. Parecía que el poder del mal había triunfado sobre la vida más noble y bondadosa que jamás había existido. ¿Había vencido la muerte?

¡OH MUERTE! ¿DÓNDE ESTÁ TU AGUIJÓN?

Pero ¡qué agradecimiento brotó en ellos cuando cesó su penar y sus ojos contemplaron al Mesías resucitado, radiante de vida! Estallaron con gozo incontrolable y sus almas rebosaron con adoración. ¡Él estaba vivo! Le podían tocar, incluso comieron juntos. Era real. En Él, el poder de la muerte se había quebrado. Ahora habría es- peranza para todos los hombres. Con toda certeza un día llegaría el fin de todo pesar. El pueblo de Dios sería li-berado de todos sus enemigos y de todos los pecados que les desviaban.[2]

Devotaron sus vidas a compartir la esperanza que tenían. Poseían algo precioso en sus corazones que nadie podía arrebatarles. ¡Y qué gran deseo de compartirlo con los demás! Querían que, como ellos, todo el mundo experimentase la liberación de una muerte inevitable y que la gente tuviese conocimiento acerca de la resurrección y de todo lo que significaba para

ellos. ¡Eran noticias tan buenas!

Su sangre derramada aquel día comprendía el perdón más maravilloso y completo. En el monte Calvario el inocente había tomado el lugar del culpable. El Cordero de Dios, puro, sin mancha, requerido como expiación por el pecado había sido ofrecido y aceptado. Pero lo nunca visto antes es que el cordero degollado por el pecado de la gente, había vuelto a la vida. Dios había hecho el sacrificio como Abraham había profetizado del Mesías cuando fue a entregar a su hijo, Isaac,

“Dios personalmente proveerá el cordero para la ofrenda quemada.[3]"

Un Cordero Sin Mancha

Los discípulos sabían lo que es un sacrificio, las ofrendas con sangre habían sido parte de sus vidas desde la infancia. Un sacrificio era la destrucción o rendición de algo valioso para ganar algo de mayor valor. Se sacrificaba un cordero como ofrenda por el pecado para que fuese restaurada la buena relación con Dios que su pecado había destruido. Los sinceros sabían que ellos merecían morir, no el cordero inocente. Clamaban a Dios para que aceptase la sustitución de la vida del cordero por la de los hombres. A menos que el sacrificio fuese costoso, un cordero puro y sin mancha, su sangre no significaría nada para el Dios de Israel.

“Pues Dios amó al mundo de tal manera que entregó a su Hijo unigénito para que quien crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna” — El verdadero significado de estas palabras llenó a los discípulos con gozo inexpresable.[4] Dios dio a su único Hijo por lo que más deseaba: nosotros. Yahshua sacrificó vo-luntariamente su propia vida (algo que un cordero jamás podría hacer) para redimir nuestras vidas en la muerte. Este propósito tenía más valor que su propia vida.[5] Pues con el sacrificio de su Hijo,[6] Dios podía hacer la gran llamada:“Reunir a mis santos conmigo, los que han hecho una alianza conmigo por medio de sacrificio”.[7]

Él no reparte gracia barata

Sin fe, es decir, sin una disposición sincera y voluntaria para dedicar tu vida a Dios, no puedes alcanzar la sangre del sacrificio expiatorio el Cordero de Dios, no eres digno del Mesías.

Pues el amor de Cristo nos     apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron;y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.[8]

Esto es lo que consta en el Nuevo Testamento acerca de los que recibieron el mensaje de la verdad, el Evangelio de Salvación.[9] Los discípulos sólo querían ser como su Maestro. Pusieron de lado sus posesiones, familias, trabajos y todo cuanto les impidiese seguir al Maestro y obedecer el Evangelio.[10] Esta era la realidad de su bautismo y del sacrificio de sus vidas sin el cual no hubieran podido recibir “la vida”.[11] Tuvieron que abandonar lo menos (sus vidas) por lo que era mucho mayor (Su vida), no podían guardar la una y obtener la otra. Igual que Él lo había entregado todo por ellos, bajando del cielo y siendo el sacrificio que sus pecados requerían, ellos sacrificaron todo por Él.[12] Era la única respuesta que un corazón agradecido daría, la respuesta de fe que salva[13] y por esa respuesta Él pudo venir a morar en sus corazones, dándoles Su Santo Espíritu.[14] Le amaban dema-siado para no darle todo.

El sacrificio espiritual de nuestras vidas debe ser tan real y verdadero como su sacrificio físico en la cruz lo fue para Miriam, Yojanan y los otros discípulos. Si no morimos al pecado y al mundo, nunca podremos tener el testimonio en nuestros corazones de que estamos perdonados.

Él no reparte gracia barata. Es vida por vida: un sacrificio.j

“Si alguien desea seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues quien desee salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mi causa, y por causa del Evangelio, ese es el que la salvará.[15]

1. Isaías 50:5-7 [atrás]
2. Mateo 1:21 [atrás]
3. Génesis 22:8 [atrás]
4. Juan 3:16 [atrás]
5. Hebreos 2:14-15 [atrás]
6. Isaías 53:7 [atrás]
7. Salmos 50:5 [atrás]
8. 2 Corintios 5:14-15 [atrás]
9. Efesios 1:13 [atrás]
10. Marcos 10:29-30 [atrás]
11. Romanos 6:3-5 [atrás]
12. Filipenses 2:5-9; Mateo 10:37-39 [atrás]
13. Lucas 7:40-50 [atrás]
14. Juan 14:15,21,23; Hechos 5:32 [atrás]
15. Lucas 9:23-24 [atrás]