Imprimir

Era un hombre sencillo. Los niños le amaban. A cualquier sitio que iba, contaba historias, y la gente le escuchaba.

No era un hombre bien parecido o de aspecto noble. Sus manos mostraban la señal del trabajo duro y su cara las marcas del sufrimiento. No había nada en su ropa, en su pelo o en su manera de hablar que llamaran la atención. Si te encontraras alguna vez con él apenas recordarías su aspecto. Su piel tenía el mismo color moreno tostado por el Sol que el resto de su gente. Tal vez, todo lo que recordarías de tu encuentro con Él sería el amor que te mostró.

Por alguna razón, multitudes empezaron a seguirle. Muchos venían para ser sanados de sus enfermedades. Otros pocos venían buscando esperanza para su vida. Algunos solo venían a escuchar pero la mayoría venía a mirar.

En una ocasión unos oficiales fueron enviados para arrestarle. Fueron al lugar donde se encontraba hablando. La multitud estaba agitada. Los oficiales permanecieron entre la multitud escuchando, esperando una oportunidad para arrestarle. Después de un rato, se marcharon con las manos vacías. Cuando sus superiores les preguntaron por qué no le habían apresado, todo lo que pudieron contestar fue: “Jamás ningún hombre ha hablado como este hombre habla”.

Sus palabras tenían un efecto asombroso en la gente. Cuando hablaba, alguna gente abandonaba sus casas, trabajos, familias y propiedades para seguirle de pueblo en pueblo, haciendo cualquier cosa que les pidiera. Otros al oír sus palabras, le daban la espalda, le llamaban demonio o tramaban matarle.

¿De qué hablaba este hombre que causaba tanta revuelta? ¿Qué era lo que polarizaba a toda la humanidad, causando que algunos le adoraran y otros rechinaran los dientes contra Él? Era algo tan maravilloso que si lo escucharas, casi no podrías recibirlo. Básicamente decía esto:

“Desecha tu vida entera y empieza de nuevo. El que gobierna el cielo está empezando a gobernar la tierra. Se está preparando para juzgar y castigar todo el mal que está cometiendo. Pero antes quiere sacar todo el mal que está en ti. No quiere que seas destruido. Te ama con pasión. Quiere ser tu Padre. ¡Déjale!

Había tantas cosas maravillosas que este hombre dijo e hizo, que todos los libros del mundo no podrían contenerlas. Habló de un tesoro que era más precioso que todas las riquezas y la fama que el mundo te puede ofrecer. Ese tesoro era conocer a Dios como tu Padre y hacer su voluntad.

Sólo había una manera de obtener este tesoro. Él era el único que lo tenía. El tesoro estaba escondido en Él, en su naturaleza humana. Dijo: “Yo soy el camino. La verdad y la vida. Si quieres ir al Padre, tiene que ser a través de mí.”

¡Ah, el tesoro¡ pero, ¡Oh el coste¡ Mucha gente consideró el coste: Para poder conocer al Padre, tienes que seguir a un hombre. Y este hombre te pide que abandones todo para seguirle. Cualquier “verdad” de tu vida de cualquier otra fuente tiene que morir. Tienes que confiar en Él totalmente. ¡Qué decisión¡

No muchos escogieron seguirle. Para aquellos que estaban mínimamente satisfechos con su vida, el coste era demasiado alto. Como pedirles colocarse una soga al cuello y seguirle a la orca. Pero aquellos que escogieron seguirle hallaron en Él, el poder para vencer todo temor, incluso el temor de la muerte.

El venció la muerte, ¿sabes? No solamente no temía la muerte, sino que abolió el poder de la muerte. Aquellos que tramaban matarle finalmente encontraron una oportunidad para llevar a cabo su plan. Pero después que le hicieron lo que quisieron, este hombre se levantó de la tumba y nunca volvió más. Su cadáver ya no es un cadáver, sino un cuerpo humano vivo que ahora está sentado en el trono en el cielo.

El nombre de este hombre sencillo es Yahshuah. No hay ningún otro Mesías ni Soberano aparte de Él. Un día no muy lejano dejará el trono de su Padre en el cielo y vendrá a tomar su trono en la tierra. Cualquiera que espera ese día se está preparando ahora. Volverá por los que anhelan su vuelta.