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No hay nada más apasionante para un verdadero creyente que mirar en las escrituras y ver cómo las profecías se han cumplido. Esto aumenta la fe en Dios y en su testimonio. Una de las profecías que más asombrosamente se ha cumplido del Antiguo Testamento es la de la salida de los judíos de Babilonia para ir a reconstruir Jerusalén.

Esto sucedió para que se cumpliesen las palabras del profeta Jeremías:

“Cuando se le hayan cumplido a Babilonia setenta años, yo os visitaré y cumpliré mi buena palabra de haceros volver a este lugar”. (Jeremías 29:10)

¡Qué maravilloso hubiera sido vivir aquellos tiempos! La cautividad en Babilonia estaba a punto de terminar y la descendencia de Abraham volvería a su tierra y reconstruir el templo. Esto es lo que habían estado esperando y anhelando.

Pensarás que la respuesta a la llamada del Rey Ciro de: “Subid a Jerusalén, que está en Judea y reconstruid el templo del Soberano, el Dios de Israel, el Dios que está en Jerusalén,” fue motivo de gran gozo para todos los judíos.1 Sin embargo, no fue así. Aunque estaban en una tierra extranjera, con costumbres y dioses extranjeros, muchos no quisieron partir. De acuerdo al antiguo historiador Josephus, los judíos habían prosperado bastante en Babilonia y a muchos de ellos no les gustaba la idea de partir y comenzar todo de nuevo, de hecho, lo detestaban.

Aunque algunos sí volvieron, la mayoría no lo hizo. Se habían acomodado en Babilonia, a pesar de las muchas ocasiones en que su Dios les había prohibido mezclarse con otras culturas. Habían tenido éxito en los negocios, adquirieron propiedades, acumularon posesiones y algunos, incluso, amasaron grandes riquezas. Ahora que empezaban a prosperar en aquella sociedad… ¿por qué quería Dios que se marcharan? ¿De verdad les estaba pidiendo que dejaran todo?, ¿incluso familiares si éstos no querían venir? Todo lo que les esperaba era un terreno desolado, lleno de animales salvajes y escombros. ¡Seguro que Dios no les iba a exigir que abandonaran todo lo que habían ganado a cambio de eso! ¿Cómo vería la gente a su Dios si fueran tan irracionales de dejar repentinamente sus trabajos, posesiones, amigos, y familia para volver a Jerusalén? ¿Qué clase de testimonio sería ese?

Seguramente estas preguntas llenaron las mentes de muchos que escucharon la llamada. Por lo tanto, muchos judíos decidieron quedarse en Babilonia. No era tiempo de marchar. Tal vez podrían hacer de Babilonia un lugar mejor. Quizá podrían influenciar política y económicamente su sociedad, y mejorar las cosas.

Al leer esta asombrosa historia en la Biblia, se puede ver claramente que Dios quería que partieran. Es lo que Dios había predestinado para que ellos hicieran. Hoy día nadie dudaría que la voluntad de Dios para los judíos de Babilonia fuese que dejaran todo y volviesen a Jerusalén para reconstruirla.

¿Qué importancia tiene para nosotros, hoy, esa historia de la Biblia? ¿Qué podemos aprender de ella? Parte de la respuesta se encuentra en cómo respondieron aquellos que sí partieron de Babilonia. En Esdras 1: 5 dice, “…todos cuyo espíritu Dios había movido.” Esos fueron los que respondieron a la llamada. Algo se despertó en sus corazones, al escuchar al profeta, para que volvieran a Jerusalén después de setenta años. Era una oportunidad única en la vida para escuchar y obedecer. Muchos vivieron su vida esperando esta llamada. No querían conformarse con una vida cómoda en Babilonia. Sabían que Dios quería más que eso. Esas personas fi jaron su rostro como pedernal2 para volver y reconstruir. Era como otro éxodo.

Se conmovieron sus corazones para ir a reconstruir Jerusalén. Esto es comparable al estímulo que uno recibe al escuchar el mensaje de Cristo para seguirle, para poner el rostro firme como pedernal con intención de reconstruir el Reino y no mirar hacia atrás. Al considerar el evangelio de Cristo, no es difícil ver el paralelismo entre su llamada a dejarlo todo y seguirle, y lo que Dios pidió a los judíos de Babilonia que hiciesen. Muchos de los judíos en Babilonia pensaron que era irrazonable esperar de ellos que fuesen a dejar todo atrás, incluso a los miembros de la familia que no estuvieran dispuestos. Mucha gente hoy piensa lo mismo acerca del llamado de Cristo de abandonar todo, incluyendo familiares, para seguirle. Lo que aconteció en Babilonia se parece mucho a lo que ocurre en la Europa de hoy: la gente está bastante acomodada a su forma de vida, carrera, escuela, círculos sociales... Han acumulado propiedades y posesiones. A muchos les está yendo “bastante bien” en el mundo presente. Pero ¿qué pasaría si escuchasen la llamada de Dios a abandonarlo todo, seguir a Jesús y construir su reino? ¿Serían movidos sus corazones a obedecer? O mejor dicho, ¿se quedarían para el resto de sus días en Babilonia?

Construir su reino y construir el mundo son dos cosas completamente diferentes. De hecho, Cristo dijo, “Mi reino no es de este mundo”3. De hecho, el mundo es un reino completamente diferente y está gobernado por un rey diferente.

Llevándole a una altura el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo. Y el diablo le dijo:, “Todo este dominio y su gloria te daré; pues a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy.” (Lucas 4: 5-6).

Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace bajo el poder del maligno. (1 Juan 5:19)

También sabemos que cualquiera que es de la verdad escucha su voz y le sigue.4 Cualquiera que no sea capaz de escuchar su voz está todavía bajo la infl uencia del gobernante de este mundo. Si alguien quiere seguirle y construir el reino de Dios, debe cambiar de reino y lealtades. Debe dejar Babilonia (el mundo) para edifi car Jerusalén (su reino).

Porque Él nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado. (Colosenses 1:13)

Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. (Juan 17: 14-16)

Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo, pero como no sois del mundo, sino que os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia. (Juan 15:18-19)

El evangelio de Jesucristo llamaba a los hombres a dejar todo atrás y seguirle. No podían quedarse donde estaban y construir. Tenían que levantarse y seguirle. No podían tener lealtades a otras cosas. La respuesta de aquellos primeros discípulos cuando escucharon su mensaje lo verifi ca:

Y les dijo: Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres. Entonces ellos, dejando al instante las redes, le siguieron. Y pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano, en la barca de su padre Zebedeo, remendando sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron. (Mateo 4:19-22)

Entonces Pedro comenzó a decirle: he aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús le dijo: en verdad os digo: no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o tierra por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos y tierras, junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. (Marcos 10: 28-30)

Los primeros discípulos no pensaron que era irrazonable que Él esperara de ellos que dejaran todo, incluida la familia, y que le siguieran. Además, Cristo no pensaba que era insólito lo que hicieron, tampoco dijo que era innecesario cuando Pedro exclamó que ellos habían dejado todo para seguirle. Esta era la respuesta normal a su evangelio..

Estos primeros discípulos tuvieron que encararse con las mismas difi cultades que enfrentaron los que partieron de Babilonia; tenían que dejar atrás a todos los que no fueran movidos en su corazón.5 Tenían que dejar padres, hijos, esposos y esposas, hermanos y hermanas, cualquiera que no fuera persuadido a ir y construir lo que Dios estaba construyendo.6

Incluso Abraham, el primero que Dios llamó tuvo que dejar atrás su familia, su país, y la casa de su padre e ir a la tierra que Dios le mostraría.7 Abraham dejó un lugar y fue a otro lugar. Fue llamado por la misma voz:

Y el Espíritu y la esposa dicen: ven. Y el que oye, diga: ven. Y el que tiene sed, venga; y el que desea que tome gratuitamente del agua de la vida. (Apocalipsis 22:17)

La palabra ven denota movimiento de un lugar a otro.8 El mismo requisito. esencial con que se encontró Abraham cuando fue llamado por Dios, está presente en todos los evangelios: movimiento de un lugar a otro. El primer paso para obedecer el evangelio es dejar un lugar para ir a otro lugar: un nuevo lugar y un nuevo ambiente. Cuando una persona nace de nuevo recibe un corazón totalmente nuevo, y es inmerso en una cultura totalmente nueva en el Cuerpo de Cristo, esa persona no permanece en la cultura del mundo.

Abraham tuvo que dejar su tierra,9 dar la espalda a su vida anterior, y obedecer lo que Dios le llamaba a hacer. Tuvo que hacerlo antes de que Dios le mostrara todas las otras cosas que haría a través de él.10 Abraham no se echó atrás aunque le fue mandado dejar atrás su vida en este mundo y dar la espalda a su familia, amigos y al mundo que él había conocido. Él dijo adiós, besó a sus amados, y despidiéndose para siempre, puso su vida en las manos y bajo el cuidado de aquel que le habló diciendo: “Deja tu vida, familia, amigos, trabajo y seguridad. Confía en mí y yo cuidaré de ti.”11 Aquellos que son la semilla de Abraham, tendrán la fe de Abraham y harán lo que él hizo.12