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La mayoría de los cristianos hoy en día ignoran que las bases de su fe, de sus prácticas religiosas y de sus doctrinas provienen de la unión de la iglesia y el estado1 acontecida en los tiempos del emperador romano Constantino. En principio, este hecho podría parecer poco alarmante, pero en realidad, su efecto en las creencias y la forma de vida de los cristianos fue trascendental.

Aunque la Palabra de Cristo se enseñe a los cristianos universalmente, su interpretación, aplicación práctica, e influencia presente, proceden de los escritos y concilios de los “padres de la iglesia” de los siglos III y IV. En ese tiempo, la iglesia estaba en su última fase de transición hacia su estado actual2

Peleando por "la fe"

Durante casi dos siglos la iglesia había estado experimentando un continuo declive de la vida vibrante que originalmente habían compartido sus miembros, mientras moraban en comunidad y la fuerza del amor les mantenía juntos.3 La carta de Judas, escrita hacia el final del primer siglo, revela la alarma y angustia del escritor, al exhortar a todas las iglesias a luchar ardientemente por “la fe” que de una vez para siempre les había sido entregada por los mismísimos apóstoles. La expresión “de una vez para siempre” significa que aquella fe era el único fundamento sobre la que se puede establecer una iglesia genuina.“4 La fe” trasmitida por los apóstoles era su fundamento espiritual, resultado del evangelio que habían recibido. Su expresión era la vida visible y tangible que compartían, donde tenían todos los bienes en común.

Judas lo describía como “nuestra común salvación”, la cual todas las iglesias sostenían universalmente, habiendo sido establecido por los apóstoles. Judas 1:4 describe como aquella vida fue amenazada, desafiada y finalmente destruida por los apóstatas,5 aquellos que abandonaban la devoción a la comunión y a las enseñanzas de los auténticos apóstoles6 Pedro mismo dijo que estos “hermanos” apóstatas eran los que estaban torciendo y tergiversando7 el evangelio, que al final resultaría en su propia destrucción, conforme a sus obras8

Pues algunos hombres se han infiltrado encubiertamente, los cuales desde mucho antes estaban marcados para esta condenación, impíos que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje, y niegan a nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo… Estos son murmuradores, quejumbrosos, que andan tras sus propias pasiones; hablan con arrogancia, adulando a la gente para obtener beneficio. (Judas 1: 4,16) 

La segunda carta a los Corintios también registra la inquietud de Pablo acerca de la inminente pérdida de la simplicidad y pureza de la fe que él les había trasmitido. Con astucia y estratagemas, los apóstatas tergiversaron el mensaje de las escrituras, desvirtuando incluso el evangelio del Señor que habían recibido de los apóstoles, y rechazando la autoridad de éstos, se promocionaban a sí mismos porque buscaban ser los primeros entre sus hermanos9

Porque si alguien viene y predica a otro Jesús, a quien no hemos predicad , o recibís un espíritu diferente, que no habéis recibido, o aceptáis un evangelio distinto, que no habéis aceptado, bien lo toleráis…Porque los tales son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues aún Satanás se disfraza como ángel de luz. Por tanto no es de sorprender que sus servidores también se disfracen como servidores de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.
(2 Corintios 11: 4, 13-15)

En las cartas de los apóstoles se encuentran descripciones de aquellos apóstatas traidores que se autoproclamaban apóstoles. Carecían de revelación o del poder del Espíritu Santo pero guardaban una forma de piedad. Eran hombres naturales, no espirituales, y como bestias brutales destrozaron a las ovejas, causando confusión y división en la iglesia y entre sus líderes. Conocían bien las dificultades de las iglesias en todos los lugares y lo utilizaron para cautivar a una audiencia receptiva.

Sutilmente, los ministros falsos sacaron ventaja. No les motivaba el bienestar del rebaño, sino sus deseos egoístas de reconocimiento y vanagloria.10 Como el amor (que produjo la vida comunal de la iglesia original) ya no era el criterio para juzgar la confesión genuina de un verdadero creyente, no es de extrañar pues, que aquellos “obreros fraudulentos”11 lograran con su discurso y persuasión encantar las mentes del remanente de la iglesia caída. La comunidad no era más la “prueba decisiva” que expondría la falsedad de su fe; en cambio, la doctrina fue aclamada como el estándar para determinar si alguien “creía”. Este pseudo evangelio solo requería consentimiento mental, produciendo así una religión muerta: mera “creencia”. Como consecuencia, hacia finales del siglo III nos encontramos por un lado a los obispos contenciosos que competían entre sí, y por el otro a un laicado dócil e ignorante. La iglesia estaba definitivamente dividida y lista para una nueva era.

La transición fatal: el emperador Constantino

En la opinión de algunos eruditos, esta nueva era completó la transición fatal. A partir de ese momento, la iglesia nunca recobraría su patrón original12 La Comunidad, que se había disuelto hacía mucho tiempo,13 era la única manera para los primeros discípulos de compartir una “salvación común”. Su estructura original y cimiento espiritual era la vida comunitaria. Sin embargo en el siglo IV, la naturaleza de la iglesia era totalmente diferente al patrón original explícito en Hechos 2:41-44 y 4:32-37 y patente en el mensaje de las epístolas.14

Después de un prolongado tiempo de persecución, decadencia espiritual y constante fricción interior, Constantino echó el cebo a las debilitadas filas de la Iglesia. El mundo Romano durante los siglos II y III se hallaba dividido, perturbado por las constantes contiendas civiles, hostilidad y desórdenes de todo tipo. Constantino buscó la manera de unificar el imperio que se desmoronaba. Al mismo tiempo, las iglesias de las provincias del este y del oeste, sufrían tremendamente bajo la tensión del Imperio y de la constante influencia de los apóstatas. Doscientos años de facciones internas y persecuciones por parte del Imperio Romano, prepararon el terreno para la transigencia e hipocresía.

A comienzos del siglo IV, Constantino decidió protegerse a sí mismo y sus provincias, contra la amenaza de otros gobernantes romanos y de merodeadores que luchaban por el dominio del debilitado imperio. Para asegurar sus territorios, Constantino se enfrentó a Majencio. Las crónicas históricas informan que cuando Constantino se acercaba a Roma, tuvo la visión de que obtendría la victoria bajo el signo de la Cruz de Cristo. Con el emblema en los escudos de sus soldados (que en su mayoría eran paganos), presentaron batalla al ejército de Majencio que por cierto, era superior en número. La victoria de Constantino se consideró milagrosa. Desde entonces, Constantino se esforzó para unificar la iglesia y por establecer relaciones íntimas entre ella y el estado Romano. Esta fusión de iglesia y estado preparó el escenario para el desarrollo del Cristianismo en los siguientes 1700 años.

La maniobra de Constantino

Aprovechando la oportunidad, Constantino manejó a la iglesia y a sus líderes con engaño y adulación, entablando relaciones de interés mutuo. Reconoció públicamente al Dios de los cristianos por la victoria obtenida y creyó que este mismo Dios protegería al Imperio romano de cualquier daño, mientras los emperadores le adoraran y la iglesia se mantuviera unida y devota al Imperio. Previendo el fin de la persecución y un camino a la prosperidad, los líderes de la iglesia en el siglo IV se tragaron la carnada, y con ella: anzuelo, tanza y caña.

El emperador convocó una serie de concilios para unificar la iglesia y acabar con los altercados de los obispos. Les llamó, pagó todos los gastos y puso los medios para que llegaran. Aun estando a la cabeza de la religión pagana del imperio, Constantino presidió los concilios y se aseguró de forzar la obediencia a las decisiones allí tomadas. (La cristiandad tiene en su más alta consideración aquellos concilios y los credos que resultaron de ellos.) Formularon las bases para identificar lo que es y lo que no es la fe, la práctica y la doctrina del Cristianismo y de ahí en adelante, quedaron establecidos los fundamentos de la ortodoxia cristiana.

Tras casi tres siglos de asedio todas las murallas de la iglesia habían caído y su transformación se completó.15 Constantino puso a cristianos en posiciones prominentes, propias de funcionarios civiles, y se rodeó de consejeros cristianos. Después de todo, ética y moralmente hablando, el código de vida cristiano levantó el estándar de la sociedad romana. El emperador enviaba obispos cristianos con sus tropas, para asegurarse el favor de Dios en la batalla y para reforzar el carácter moral de sus ejércitos. Construyó magníficas catedrales y edificios romanos en honor al Dios de los cristianos, y asignó salarios a los líderes cristianos que se pagaban del tesoro del estado. Hizo leyes favorables y colmó de privilegios a la iglesia a cambio del servicio obligatorio al estado. Estaba convencido de que una iglesia unida y leal aseguraría las bendiciones de Dios en todo el imperio.

Una de las principales razones por la que la religión cristiana fue favorecida por gobernantes y emperadores, es que los cristianos podían participar en casi todas las actividades y ocuparse plenamente como si de cualquier otro ciudadano del imperio se tratara. La naturaleza dócil y transigente del Cristianismo facilitó el control del emperador que se inmiscuyó en los asuntos de la iglesia. Ella transigió para librarse de la persecución que en el pasado había sufrido por oponerse a la maldad del Imperio, ahora, por fin era aceptada. Iglesia y estado comenzaban una nueva etapa en la historia de su desarrollo.

La distinción entre cristianos y no cristianos se acabó. Más y más paganos se hicieron “creyentes”, se adhirieron a la religión de moda, la favorita y eso les abría un esperanzador horizonte de éxito y prosperidad. Los líderes religiosos enseñaban sumisión a la autoridad, lo que reforzaba la relación entre la iglesia y sus gobernantes romanos. Los cristianos ganaban respeto, poder y admiración donde antes se les trataba con desprecio e intolerancia. Se trataba de ciudadanos responsables y cumplidores de su deber, su fe no suponía ningún problema o amenaza para el gobierno, y su comportamiento y prácticas tampoco disturbaban la paz nacional.

Así que Constantino hizo del Cristianismo la religión favorita del mundo romano. Enaltecido como liberador y emancipador de la iglesia, Constantino fue y sigue siendo considerado como un salvador, quien aseguró la posición de la iglesia en el mundo para los siglos venideros. La mayor parte del mundo cristianizado está satisfecho con la doctrina de fe que le fue trasmitida por el linaje espiritual de una religión reconocida nacionalmente como religión romana, sin cuestionarse jamás o en profundidad las raíces de su religión cristiana o el fundamento del evangelio en el que han puesto su confianza. El legado de Constantino es una iglesia unida al mundo, aunque el mandamiento para ella había sido llamar a otros a que salieran de ese mundo. Ese legado permanece.

Entonces, ¿es esta cooperación íntima y el compromiso con el poder mundano un buen árbol de donde coger fruto? El Hijo de Dios dijo que al árbol se le conoce por su fruto16 Dijo también que a sus discípulos los conocerían por el amor que tuvieran entre ellos.17 Un “perro guardián” de herejías modernas y abogado de credos históricos, una vez escribió, “El amor bíblico es el sello de un testimonio cristiano vibrante, y de todas formas, el amor siempre es el siervo de una doctrina sana y sólida, y no al revés.” Un largo rastro teñido con la sangre de todos los que se opusieron a esta religión favorecida y las divisiones incontables causadas por sus luchas internas, parecen sugerir que al siervo se le ha concedido ausentarse.