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Mi vida empezó como la tuya. Uno entre trescientos millones de espermatozoides llegó hasta el pequeño óvulo; el que contenía la clave de entrada, a pesar de no haber llegado el primero. Los demás murieron sin cumplir su misión. Yo fui elegido. ¿Para qué? ¿Cuál sería mi propósito? Esperé… Mi cuerpo se iba formando… el vehículo que me conduciría a lo largo de la vida.

 

Llegó el día: ¡Es una niña!

Un precioso bebé, tierno y único a los ojos de mis padres. Fui creciendo y absorbiendo todo lo que podía percibir del mundo que me rodeaba. Mis padres trataron de darme el mejor equipaje posible para tan imprevisible viaje. No sin sufrimiento, experimentaron a lo largo de los años, sus limitaciones para derramar en mi corazón -y en el de mis otros hermanos- amor y sabiduría. Lo hicieron lo mejor que pudieron, esperando ver buenos frutos.

Ellos no fueron mis únicos maestros. Mi alma se fue llenando de impresiones originadas por las relaciones sociales con otros seres humanos, y del conocimiento obtenido en el colegio, en los libros, y sobretodo, en mi principal tutor: la tele. Con mis ojos fijos en la pantalla, millares de pensamientos, ideales, sentimientos, conceptos, opiniones, actitudes, persuasiones, tentaciones, pasiones y deseos iban dando forma al delicado barro de mi alma eterna, grabándose con millones de imágenes de todo tipo, (muchas de las cuales desearía no haber visto jamás). Todo esto formó en gran parte mi percepción acerca de la vida, del mundo, y de mí misma.

Con todo este bagaje, llegué a la adolescencia. ¡Todo era muy intenso! La vida era excitante, maravillosa... y dolorosa también. Yo me sentía como un recipiente en el que corrientes poderosas y muy diferentes se agitaban tratando de hacerse un lugar.

Por una parte, había descubierto que el mundo no era en absoluto parecido a la “realidad” que había concebido a través de Walt Disney y todas las demás innumerables fantasías de las que tenía el alma llena. Quedaba claro para mí que en la vida había sufrimiento, que éste podía ser muy intenso, y que yo no lo deseaba en absoluto; así que tendría que ingeniármelas para escapar de él como fuera. (Ahora se cuan crueles y devastadoras son esas fantasías que controlan el inconsciente de los adultos).

Por otra parte, el profundo anhelo que albergaba mi corazón de poder vivir en un ambiente de amistad verdadera, libertad y amor, quedaba sofocado en el pequeño círculo de mi pandilla de amigos, en el que reinaban la burla, la crítica, el desprecio del débil, y la imposibilidad de atreverse a ser “un poco” diferente. Tener “unos kilos de más”, no tener un determinado tipo de ropa, o de gafas, o de mochila, o de peinado, o de cualquier otro ídolo de moda en el momento, podía convertirte en alguien indigno de formar parte del grupo, y te dejaba con un sentimiento de indeseada. ¿Y quién osaría declarar que no le gustaba el alcohol, o que no había entendido un chiste obsceno, o lo que era aún más temible, que aún no había tenido experiencias sexuales, cuando se suponía que todos tus amigos y amigas ya no eran vírgenes y sabían “de que iba la cosa”?

En realidad, no me gustaba mucho lo que percibía de la vida, de las relaciones, ni de la sociedad, pero llegaba el momento de definir el papel que yo iba a desempeñar en ella. Podría ir a la Universidad, si es que quería ser “alguien” y no tener que matarme a trabajar por dos duros; o llevar el negocio familiar; o dedicarme al teatro, o viajar por todo el mundo hasta encontrar el “paraíso”, ...o quizá casarme y tener hijos… Pero no, apenas creía en el matrimonio. Todos mis amigos estaban sufriendo por su situación familiar, por no hablar de la mía propia…

Por más que deseaba encontrar algo a lo que dedicar mi vida, algo que mereciera la pena, no hallaba la respuesta a la pregunta esencial: ¿Cuál era el verdadero propósito de mi existencia? ¿para que había sido creada?

¿Sería posible que la única alternativa fuese enrolarme en cualquier ONG y llevar a la práctica mis sueños altruistas de conseguir “un mundo mejor”?

¿Es que no había nada más?

Quizá entonces lo mejor sería conseguir un buen trabajo, sin complicaciones, y llegados los treinta y tantos seguir en casa de mis padres, que para entonces lo más posible es que hubiesen decidido vivir en un estado de tregua, menos traumático que la separación...

Algo dentro de mí se resistía a creer que “eso es todo lo que hay en la vida”: nacer, crecer, sufrir, quizá reproducirse, morir. Y en ese breve tiempo, experimentar la devastadora frustración de no poder amar con toda la profundidad que nuestro corazón anhela. No era posible que nuestro Creador fuera tan cruel como para poner en nosotros deseos inalcanzables y ofrecernos tan sólo esta vida vana y mediocre.

Así que giré mi corazón hacia Él clamando con todas mis fuerzas que me llevara de vuelta a casa, que si esto era todo, me sacase de ahí. Y aunque no sabía Su nombre, ni tampoco le conocía, tenía la certeza de que si me amaba, me respondería.

Semanas más tarde, diversas circunstancias me llevaron ante el umbral de nueva sociedad formada por gente de todo tipo, de muy diverso origen, educada en ambientes diferentes, que vivían juntos, trabajaban juntos, cantaban de pura alegría (algo muy normal, que contrastaba con mis nebulosas imágenes del karaoke). Esa gente compartían el mas alto ideal, el de traer un mundo mejor, en el que reine el amor, la amistad, la entrega, la fidelidad, y el verdadero gozo, y en el que el egoísmo y el sufrimiento, queden erradicados, y las lágrimas de tantos seres humanos, enjugadas.

Su nombre es Yahshua, el hijo del Dios vivo, quien es poderoso para salvarnos y devolvernos a nuestro propósito original, para el que fuimos creados: ¡Para amar!

Él es nuestro ejemplo, Él es Amor, y nos enseña que amar es un verbo, una acción que afecta a los que nos rodean; amar no es tan sólo un sentimiento, es dar tu vida por los que amas.

“En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por nosotros, también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”

María Inmaculada