Doce Tribus
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A Andrés no le gustaba cómo hablaban los sacerdotes a este hombre. Le parecía extraño, pues él siempre había respetado y admirado grandemente a los sacerdotes y levitas que había visto en el templo de Jerusalén año tras año. Pero ahora parecían ¡tan diferentes!... Estaba perplejo preguntándose por qué trataban a este hombre de Dios con tal desprecio. Para Andrés era obvio que este hombre era un enviado de Dios y quería escuchar todo lo que Juan tuviese que decir. También le gustó mucho la manera en que Juan respondió sin timidez, ante el espíritu hostil de los sacerdotes y levitas.

Se había interesado tanto escuchando hablar a Juan que se olvidó de su padre y del propósito de su viaje, pero pronto sintió la mano cariñosa de su padre sobre los hombros. Andrés se dio la vuelta y le miró a los ojos, comunicándole con su mirada más de lo que mil palabras pudieran expresar. Parecía que las palabras de Andrés habían tocado el corazón del padre de Andrés. Sin palabras se volvieron y entraron cogidos del brazo en las aguas del Jordán.

“¡Que Israel sea capaz de entender el significado de este bautismo!", gritó el padre al ser bautizado por Juan.

Momentos después Andrés y su padre estaban de pie, empapados a la orilla del río. Juan terminó de hablar y ya se marchaba cuando el padre de Andrés hizo un gesto a su hijo para que le  acompañase a continuar el viaje a Jerusalén, pero Andrés, indeciso, esperó un momento; no podía apartar su mirada de Juan. El padre captó la indecisión de su hijo, y dándose la vuelta le miró fijamente a los ojos y le dijo: "Vete Andrés, vete y haz lo que tu corazón te está diciendo". Se lo dijo con la voz desgarrada por la emoción. El padre le abrazó cariñosamente, se dio la vuelta para irse y no volvió a mirar atrás. Andrés se agachó para acariciar a su corderito por última vez.

"¡Qué yo cumpla el propósito para el cual fui creado como tú estás cumpliendo con el tuyo, al ser nuestro cordero expiatorio! Ahora hay esperanza para Israel, pues Dios nos ha enviado un profeta. Tal vez nuestra redención llegue pronto porque él habla del Ungido". "¡Oh! - dijo Andrés poniéndose en pie – “¡Cómo deseo que pudieras entender!” - Y envió al cordero para que siguiera a su padre.

Andrés vio cómo su padre se alejaba a través de la multitud. Sabía que las lágrimas que había visto en los ojos de su padre no eran lágrimas de tristeza sino de gozo. Era un gozo que salía de sus entrañas al darse cuenta de que lo que había deseado durante toda su vida pronto se llevaría a cabo, tal vez antes de su muerte. Su padre y el cordero desaparecieron entre la multitud y Andrés se volvió para seguir a la esperanza de Israel.

Al día siguiente, una vez más Andrés se puso junto a Juan mientras este llamaba a la gente para comunicarles que necesitaban el bautismo que prepararía sus corazones para recibir al Ungido. De repente, Juan se quedó mirando asombrado a cierto hombre que acababa de llegar. Juan levantó su brazo señalando hacia ese hombre y exclamó: "¡Mirad, este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo!"

El corazón de Andrés se paró el escuchar estas palabras. Su mente volvió de inmediato a su pequeño cordero que seguramente en ese mismo instante estaba siendo degollado sobre el altar por sus propios pecados." ¿Por qué Juan había llamado a este hombre el CORDERO DE DIOS? ¿Era este el propio Cordero de Dios? ¿Es que Dios buscó en los cielos al más perfecto, sin mancha, al más valioso de su propio rebaño? ¿Un cordero que quitaría los pecados de todo el mundo? ¿Qué significaba todo esto?"

El hombre que Juan había señalado entró en el agua y se dirigió a él para ser bautizado. Al principio Juan se negó, diciendo que él no era digno de hacerlo, sino que más bien era este hombre quien debía bautizarle a él. Pero el hombre insistió diciendo: "Por favor, hazlo ahora, porque es necesario que se cumpla toda justicia". Entonces Juan le bautizó.

La mente de Andrés estaba a punto de explotar con tantas preguntas. No podía comprender lo que estaba pasando. Al salir del agua Juan proclamó: "Él es de quien yo había dicho: Detrás de mí viene otro que es más grande que yo, pues existía antes que yo. No le reconocí antes, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Yo le he visto y puedo asegurar que este es el Hijo de Dios".

“¿El Hijo de Dios?" Aunque Andrés no entendía mucho, con toda seguridad él sabía lo que significaban las palabras "el Hijo de Dios". Mientras pensaba todas estas cosas el hombre que había sido bautizado desapareció entre el gentío.

La mente de Andrés estaba turbada. ¿Quién es este hombre? ¿Es Él, el Cordero y el Hijo de Dios? ¿Es que el Hijo de Dios es el único cordero que puede satisfacer Su estándar de perfección? ¿Será este el único sacrificio que Dios puede hacer para quitar todos los pecados del mundo? Seguro que este será el último sacrificio. ¿Es Él el Cordero de Dios enviado a Israel para salvarnos? Andrés no encontraba descanso para su mente llena de preguntas. “¡Mirad el Cordero de Dios!” Estas palabras resonaban como truenos en la mente de Andrés, penetrando en su corazón. “¡El Cordero de Dios, el Cordero de Dios, el Cordero de Dios!”

Rápidamente Andrés salió del agua para seguir a aquel hombre del que Juan había hablado. Andrés sabía muy bien en su corazón lo que eso significaba... EL CORDERO DE DIOS, EL CORDERO DE DIOS...

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