Doce Tribus
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A Andrés le encantaba escuchar a su padre hablando así y por eso creció amando al Dios de su padre. Mientras hablaban, el corderito jugaba alegremente en la hierba, comiendo hasta hartarse. Andrés le miraba complacido pensando que ciertamente éste era el cordero más hermoso que había tenido en su pequeño rebaño. Sus ojos se llenaron de lágrimas al verle tan lleno de vida. El cordero saltó y se recostó al lado de Andrés como si percibiera su tristeza. Andrés rompió a llorar. ¿Por qué, padre, por qué tiene él que morir por mis pecados? Soy yo quien debería morir. Odio mis pecados... ¡¿Por qué soy un esclavo de mi corazón malvado?!

El padre puso su brazo compasivo sobre los hombros de Andrés diciéndole: “Hijo, necesitamos un Salvador. Si no fuera por la misericordia de nuestro Dios tendrías que morir por tus pecados. Sin embargo esta es Su provisión para ti, hijo mío. Y en esto hay un propósito más grande.

Andrés sollozaba pensando que pronto el cuchillo del sacerdote iba a traspasar la garganta del cordero y a derramar su sangre hasta la última gota. Mirando hacia su ovejita dijo: “¡Tu sangre por mis pecados! Yo soy culpable y tú inocente.”

Su padre secando las lágrimas de sus propios ojos, movido por la angustia que su hijo expresaba, le dijo: “La vida está en la sangre y sin derramamiento de sangre no hay perdón para nuestros pecados.” Él también odiaba su condición de hombre caído. “Lo único que podemos hacer es orar, pidiendo a nuestro Dios por la consolación de Israel.”

Se sentaron en silencio un rato y después el padre hizo un gesto para continuar el viaje. El cordero los siguió sumiso, sin tener que llamarle siquiera, ignorante de su destino.

Al acercarse al pueblo de Betania escucharon muchas voces a lo lejos. Se preguntaron qué sería, así que desviándose del camino principal fueron hacia el río de donde parecía venir el sonido. Dieron la vuelta a la cima del monte y desde lo alto divisaron el río Jordán y se quedaron sorprendidos de lo que veían. En el río había un hombre con una apariencia muy rara. Clamaba en alta voz a la multitud que se había reunido en torno a él. También estaba bautizando a algunos que se le acercaban. El padre de Andrés reconoció a aquellos que se estaban bautizando: ¡Eran judíos como él!

¿Qué? Exclamó.“¿Está ese hombre bautizando a Israel? Solamente los paganos tienen necesidad de bautismo, ¿podría ser este un profeta de nuestro Santo Dios llamando a Su pueblo al bautismo?".

Rápidamente bajaron de la colina. En medio de la multitud algunos sacerdotes y levitas de Jerusalén parecían molestos por lo que este hombre predicaba desde el agua. Le gritaron: ¿Quién eres? Andrés se alegró mucho con esta pregunta porque era exactamente lo que él quería saber. “Él es Juan el Bautista, enviado a nosotros por el Dios de Israel.” Los levitas mandaron callarse a la multitud y aconsejaron que le dejaran contestar por sí mismo.

- “No soy el Ungido” - respondió el hombre al que llamaban Juan.

-“Entonces, ¿quién eres? ¿Eres Elías?”

-“No soy” - respondió

-“¿Eres el Profeta?".

-“¡No!” - respondió otra vez.

-“Entonces ¿quién eres? Tenemos que dar una respuesta a aquellos que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?".

"Soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del Soberano nuestro Dios, como dijo el profeta Isaías".

Al escuchar estas palabras de Juan, el corazón de Andrés empezó a latir con fuerza. Se abrió camino entre la gente para acercarse a Juan. Los sacerdotes y levitas continuaron su interrogatorio: “¿Por qué entonces estás bautizando si no eres el Ungido, ni Elías ni el Profeta?"

Juan contestó: "Yo bautizo en agua, pero entre vosotros hay Uno a quien no conocéis. Él viene detrás de mí, pero yo no soy digno ni de desatar la correa de sus sandalias".

Después de esto, ya no respondió a más preguntas.

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