Doce Tribus
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Una vez al año Andrés se encargaba de escoger el mejor de sus corderos puesto que era el pastor de la familia. Como conocía las ovejas muy bien, era capaz de escoger el más perfecto y precioso de todos ellos. Siempre resultaba una decisión difícil porque Andrés amaba a todas sus ovejas y también porque cada una de ellas era muy valiosa para la subsistencia de su familia, que no era rica. El cordero que él escogiese iba a ser ofrecido a Dios como sacrificio... y para Andrés y su familia verdaderamente lo era. Cada año necesitaban hacer un sacrificio al Dios de Israel por el perdón de sus pecados. Cuando Andrés era más joven no alcanzaba a comprender completamente el significado de este sacrificio, pero ahora empezaba a ver muy bien sus propios pecados. Su padre muchas veces le había hablado acerca de su Dios y de cómo en un principio Dios creó al hombre y este pecó. Por este pecado, la muerte entró en el mundo y solamente por medio del derramamiento de sangre los pecados pueden ser perdonados y de esta manera, el hombre puede ser salvo de la muerte eterna. Su padre también le había explicado que era verdaderamente misericordia de su Dios el haber provisto un medio para ser perdonados y no tener que morir ellos mismos, como merecían, por sus pecados. El medio que Dios había provisto consistía en derramar la sangre de un cordero. Este era su sacrificio. Andrés sabía que un sacrificio verdadero tenía que doler. Por esta razón, su familia siempre puso mucha atención en ofrecer a Dios un cordero sin mancha, el más perfecto de su rebaño, como Él había mandado; había que entregar el que más doliese.

Este año, como todos los anteriores, Andrés fue a la ladera del monte para escoger el cordero que llevarían al templo de Jerusalén. En su mente ya sabía cuál tenía que ser, sin embargo trató de ignorar la voz de su conciencia, mientras observaba el rebaño examinando cada cordero: "Debería ser este. No, tal vez este otro..." Y trataba de ignorar a aquel que era tan especial, el más cercano a su corazón. Entonces, sintió que por la espalda alguien le tiraba de la túnica. Era su cordero favorito, mordisqueando la bolsa de cuero que colgaba a un lado, buscando un bocado especial. Andrés traía a menudo bocados especiales para darle al favorito del rebaño. Mirando hacia él, pensó con tristeza: ¿Cómo puedo engañarme o engañar a nuestro Dios? Sabía bien cuál era el cordero más apreciado y perfecto y al que podía llamar con sinceridad “su sacrificio”.

En sus visitas al templo, a Andrés le molestaba ver a la gente trayendo animales débiles y enfermos. Sabía que no era correcto y no podía comprender por qué los sacerdotes recibían animales con defectos. El padre de Andrés también se daba cuenta de lo que estaba sucediendo, pero él nunca cedió, sino que mantuvo siempre su sacrificio dentro del estándar del Dios de Israel. Andrés respetaba mucho a su padre por esto. Su padre nunca prestó atención a las ofertas de los hombres que tenían puestos en los atrios del templo y vendían animales imperfectos para los sacrificios. Sabía muy bien cuál era el sacrificio apropiado que complacía a su Dios. Todo esto entristeció profundamente al padre y también a Andrés ahora que había crecido lo suficiente para comprender lo que ocurría. Al parecer la gente pensaba que su Dios no podía ver el engaño. Su familia sabía que Dios juzgaba a los hombres por sus corazones, por eso siempre querían dar lo mejor. Este corderito que los acompañaba hoy en el largo viaje, era ciertamente el mejor.

El sol estaba muy alto en el cielo y mientras caminaban el calor se hacía insoportable. El padre de Andrés vio un sitio a la sombra un poco más adelante y decidió descansar un rato. Se sentaron en la hierba bajo un árbol grande. Recostándose, el padre de Andrés suspiró y comenzó a hablar de las muchas veces que había hecho este viaje anual al templo. En esos días siempre hablaba de un “día mejor” cuando Dios una vez más hablaría a Su pueblo. Decía que el pueblo necesitaba escuchar a los profetas de Israel, su tierra, y hablaba de su esperanza más entrañable, el anhelo de su corazón: la venida del Mesías. Ya era viejo y pronto su vida terminaría, pero deseaba que esta misma esperanza ardiese en los corazones de sus hijos como ardía en su propio corazón.

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