Doce Tribus
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Era un día soleado y caluroso. Andrés y su padre iban por el polvoriento camino hacia Jerusalén. El padre, con su cabello blanco por la edad, caminaba delante; todavía se conservaba muy fuerte. A Andrés se le hacía un poco extraño que solamente él y su padre recorriesen el camino este año pues en años pasados, todos sus hermanos y hermanas los habían acompañado. Todos habían crecido y ahora tenían que cuidar de sus propias familias; probablemente, Andrés, también se iría pronto de casa. A sus pies siguiéndole obedientemente, iba su corderito más hermoso. Él era el motivo por el que hacían este largo viaje a Jerusalén. Personalmente para Andrés, este cordero era muy especial porque le amaba más que a cualquier otro de los nacidos en el pequeño rebaño de su familia.

La familia de Andrés no eran pastores como muchos de sus vecinos, eran pescadores de oficio. Sin embargo, pastoreaban un pequeño rebaño de ovejas que les proveía de suficiente lana para cubrir sus necesidades de ropa. Desde tierna edad, Andrés se ocupaba de las ovejas, llevándolas frecuentemente de un campo a otro, cuidando de ellas fielmente. Algunas veces iba a pescar con sus hermanos mayores, especialmente con Simón que le precedía en edad y con quien tenía mucha confianza, pero la mayoría del tiempo, se quedaba en casa para cuidar de las ovejas y desempeñar otras labores.

Andrés era un buen pastor y amaba a todas sus ovejas, pero este corderito que hoy seguía sus pasos tan obedientemente, era el más cercano a su corazón. Mientras caminaban miró hacia atrás al cordero. Se acordaba claramente de la noche de su nacimiento: fue un atardecer fresco de primavera. Andrés había llevado el rebaño a un valle protegido a cierta distancia de su casa. Se dio cuenta que estaba demasiado lejos para regresar, no obstante sabía que ese era un buen sitio para que sus ovejas pasaran la noche. También sabía que pronto una de ellas daría a luz un corderito aunque él no lo esperaba esa noche. Al agruparlas notó el extraño comportamiento de esa oveja. Al anochecer era evidente que iba a tener la cría.     

Esto turbó un poco a Andrés, porque nunca antes se había encontrado él solo con las ovejas cuando una iba a parir, especialmente tan lejos de casa. Era el padre de Andrés quien sabía muy bien cómo ayudar a la madre en caso de que se presentara algún problema. Andrés empezó a pedir al Dios de su padre un parto seguro.

Las horas oscuras de la noche pasaban muy despacio para Andrés. La oveja empezó a balar de angustia. Algo no iba bien y Andrés se sentía totalmente incapaz y sin el conocimiento necesario para ayudarla. Continuó gimiendo de dolor y con su mirada suplicaba a Andrés que la aliviase.

¿Qué debo hacer? Se le rompía el corazón escuchando los gemidos. De repente se acordó de algo que su padre había comentado en la mesa aquella mañana. Había dicho que su Dios no tardaría en responder si escuchaba a su pueblo clamando por justicia y libertad. Siempre hablaba de estas cosas, pero esa mañana había hablado con tanta convicción que penetró el corazón de Andrés. Ahora, sentía que estaba en una situación similar. ¿Podría sentarse a un lado y dejar a su oveja sufrir sin intentar ayudarla? ¡No! Se puso en pie suplicando en oración a Dios que le diese sabiduría. Las manos de Andrés se movieron diestramente para liberar del vientre de la madre al cordero atrapado. Todo esto pasó en pocos minutos hasta que el corderito se acostó tiernamente al lado de Andrés, como si supiera que había sido él quien le había salvado la vida.

Inmediatamente Andrés observó la perfección del animal recién nacido; era verdaderamente hermoso y sus ojos dulces y mansos se posaban en Andrés con una mirada de gratitud. Esa noche un poco de dolor le alcanzó el corazón el ver los primeros torpes movimientos de este cordero sin mancha, pues sabía lo que significaba la perfección de esta pequeña criatura. Aunque no quería pensar en ello, él sabía que este cordero serviría a un gran propósito.

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