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La re-encarnación se define como el renacer del alma en otro cuerpo, y ha sido motivo de fascinación y esperanza para un incontable número de hombres y mujeres durante miles de años. Quizá, porque se asemeja a algo que está en el corazón del Creador, a cuya imagen hemos sido creados. Dios siempre ha deseado que su esencia se hiciera visible en forma humana. Él dio al hombre (varón y hembra[1]) un espíritu humano compatible con su espíritu divino, con la esperanza de que ambos espíritus se unieran y así, el hombre conectado con Dios, expresara Su corazón y Su carácter. Nosotros llamamos al primer hombre Adán, que simplemente significa hombre, o ser humano en hebreo. Fue creado limpio y puro, una vasija preparada para recibir todo lo que Dios deseaba darle.

Pero una triste historia ocurrió. La puedes leer en la Biblia[2]. Adán perdió su conexión vital con el Creador y en esa condición nacieron sus descendientes, incapaces de reconectarse a Él en sus propias fuerzas o a través del intelecto. Tampoco podían atravesar la barrera del egoísmo de sus corazones. Por eso, para abrir una brecha que cruzara esa barrera, Dios cogió una semilla humana, pura, que tenía preservada desde antes de la creación del hombre, y la pusó en el vientre de una mujer hebrea llamada Miriam[3], y ella concibió y dio a luz un hijo a quien llamaron Yahshúa[4], que significa “la salvación de Yahweh”. En realidad, Él fue el segundo Adán,[5] puesto que no nació con la naturaleza caída común a todos sus descendientes. Al contrario que Adán, Yahshúa eligió tener siempre su corazón vuelto hacia su Padre[6], completamente dispuesto a obedecer su palabra. Y en esta vasija dispuesta y pura, Dios pudo derramar su misma esencia, su palabra. El apóstol Juan lo describe así:

"Y la Palabra (de Dios) se hizo carne, y vivió entre nosotros, lleno de gracia y verdad [7]."

Esta fue la primera encarnación (la manifestación del corazón y esencia de Dios en un cuerpo humano): Yahshúa el Mesías[8]. Como hombre nunca rompió su comunión con Dios, enseñando a sus seguidores lo que es el amor. La gente pudo conocer de una manera muy práctica y real el mismísimo carácter de Dios. Cuando le veían, veían al Padre.[9] Este era el propósito de la encarnación, revelar al hombre el corazón del Padre. La religión establecida en aquel tiempo, dirigida por escribas y fariseos judíos, no pudo tolerar su mensaje. La pureza, compasión y autoridad que Él irradiaba eran una amenaza para el poder que ellos ejercían sobre el pueblo. Por eso le crucificaron. Ni siquiera entendieron a sus propios profetas,[10] no entendieron que la muerte no podía sujetarle, ya que no había pecado o iniquidad en Él. La muerte es el resultado del pecado, el lugar donde tenemos que afrontar nuestra culpabilidad, y recibir la sanción por todo hecho y palabra que ha causado dolor.[11] Yahshúa, al estar libre de todo pecado, se convirtió en nuestro rescate, recibiendo la paga completa por nuestros pecados. Sufrió la agonía de la muerte[12] por nosotros durante tres días y tres noches. Después su alma y espíritu regresaron a su cuerpo, dándole vida eterna.

En seguida se presentó ante sus discípulos, que no podían dar crédito a sus ojos, pero una vez convencidos de que su Maestro estaba vivo, se regocijaron y recuperaron la esperanza de que iba a instaurar inmediatamente su trono en Jerusalén, para establecer definitivamente el reino de Dios en la tierra.[13] Pero no era esta su intención. Para Dios no era suficiente que su Espíritu morara solo en un hombre. Él quería que toda una nación de hombres y mujeres dejaran sus vidas independientes y egoístas, para entregarse por completo y sin reservas a hacer su voluntad. Yahshúa dijo a sus discípulos que Él debía regresar al Padre y ellos esperar en Jerusalén hasta que fueran investidos con poder de lo alto, capacitándoles para expresar el carácter de Dios en la tierra.

Entonces sucedió: el Espíritu Santo vino sobre ellos con gran poder y hablaron con valentía a toda la gente que se reunió en Jerusalén para la fiesta de Pentecostés. Hicieron una llamada para que se arrepintieran por haber crucificado al Mesías, quien había sido enviado para salvarles. Como resultado 3.000 personas rindieron sus vidas aquel día y fueron llenas de su Espíritu. Junto con los discípulos originales formaron un "cuerpo" (una comunidad) que poderosamente expresaba el carácter de Dios por la manera en que se amaban unos a otros.

La congregación de los que creyeron era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo lo que poseía, sino que todas las cosas eran de propiedad común. Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia había sobre todos ellos. No había, pues, ningún necesitado entre ellos, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían, traían el precio de lo vendido, y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y se distribuía a cada uno según su necesidad.

(Hechos 4:32-35)

Esta fue la segunda encarnación, la manifestación de la esencia y corazón de Dios en una gente totalmente rendida a Él.[14] Durante varias décadas la vida de amor y unidad que llevaban puso el mundo patas arriba.

Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y a algunos de los hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: esos que han trastornado al mundo han venido aquí también...

(Hechos 17:6)

El deseo de Dios era que todos los creyentes, juntos como un solo cuerpo, fueran tan visibles, reales y tangibles como el Mesías lo había sido cuando anduvo sobre la tierra.[15] Pero hacia finales del primer siglo quedaba ya muy poca vitalidad en ese “cuerpo”, tal como muestran las cartas a las iglesias en el libro de Apocalipsis.[16]
Estas cartas fueron un aviso a las iglesias para que despertaran (puesto que comenzaban a apartarse de las enseñanzas de los apóstoles), porque si no su luz se apagaría. Y así ocurrió, poco a poco, aquella vibrante, cálida y atrayente vida de las primeras comunidades, mutó y se convirtió en una institución rígida y fría, que coaccionaba a la gente para que creyera, y asesinaba a los que rehusaban creer.

Durante casi 1.900 años, no se ha registrado en la Historia ningún otro caso de vida comunal como aquella que tuvieron los primeros creyentes. No obstante, el profeta Isaías dijo que un día habría una gente que sería llamada “reparadores de la brecha”.[17] Una brecha de tiempo durante la cual Dios no tuvo a nadie en quien morar en la tierra. El apóstol Pablo, además, citaba a Isaías que predijo:

“Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, hubiéramos llegado a ser como Sodoma y hechos semejantes a Gomorra.[18]

Una semilla espiritual había sido preservada en el cielo hasta el tiempo del fin, cuando tal como dijo Isaías, el mundo entero llegaría a ser como Sodoma y Gomorra. Estos son los tiempos en que vivimos.

El profeta Daniel predijo que, “En los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido, y este reino no será entregado a otro pueblo: desmenuzará y pondrá fin a todos aquellos reinos, y permanecerá para siempre.”[19] Según la profecía del libro de Daniel y la referencia a su profecía en el libro del Apocalipsis[20], es claro, que los diez “reyes” de los que habla formarán un gobierno mundial que surgirá en los últimos días de esta era. Y será en los días de esos reyes cuando Dios establecerá un “reino” que jamás será destruido o entregado a otro pueblo. Este “reino”, es la tercera y última encarnación, y se está formando ahora mismo sobre la Tierra. El Espíritu de Dios está reuniendo un pueblo para formar el "Cuerpo del Mesías", donde hombres y mujeres están respondiendo al mismo mensaje que hizo posible la segunda encarnación: dejarlo todo y seguir a Yahshúa el Mesías para amarse unos a otros, todos los días, como Él nos amó, viviendo en común-unidad (comunidad).

Este pueblo está llegando a ser una nación santa, un real sacerdocio[21], que de nuevo va a representar totalmente al Mesías sobre la Tierra: la tercera encarnación.

1. Génesis 1:27 [atrás]
2. Génesis 3 [atrás]
3. María en Castellano [atrás]
4. Jesús en Castellano [atrás]
5. I Corintios 15:45 [atrás]
6. Adán y Yahshúa podían referirse a Dios como Padre con legítimo derecho [atrás]
7. Juan 1:14 [atrás]
8. Cristo en Griego; Mesías significa “el ungido” de Dios, el que tiene favor, autoridad y entendimiento, o la mente de Dios [atrás]
9. Juan 14:10 [atrás]
10. Isaías 53; Salmo 16:10 [atrás]
11. Romanos 6:23 [atrás]
12. Hechos 2:24 [atrás]
13. Hechos 1:6 [atrás]
14. II Corintios 5:15 [atrás]
15. I Juan 4:17 [atrás]
16. Apocalipsis 2 y 3 [atrás]
17. Isaías 58-12 [atrás]
18. Romanos 9:29 [atrás]
19. Daniel 2:44 [atrás]
20. Daniel 7:24, Apocalipsis 17:12 [atrás]
21. I Pedro 2:9 [atrás]
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