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Había una gran conmoción en la ciudad. Los fundamentos del templo de Jerusalén habían sido enteramente sacudidos. En el día de Pentecostés, los apóstoles de Yahshua *, el Mesías, habían proclamado la salvación y la resurrección de entre los muertos en el nombre de Yahshua; el hombre que había sufrido el odio de parte de los líderes judíos, y a quien habían asesinado para evitar un levantamiento popular.

 

Se contaban por miles los que creían y eran bautizados pasando a formar parte de la Comunidad del Mesías. Jerusalén nunca había visto un prodigio semejante. De todo el Mediterráneo llegaban hombres, mujeres y familias enteras que habían vendido sus casas, granjas y posesiones, y habían entregado todo lo que tenían para cubrir las necesidades de la nueva comunidad. Así se fueron estableciendo casas por toda la región.

Todo esto inquietaba en gran manera a la jerarquía religiosa judía, ya que incluso algunos de sus sacerdotes se habían unido a esta secta y participaban apasionadamente, amándose unos a otros y dando testimonio de su vida en unidad. No se hablaba de otra cosa en la ciudad.[1]

Pasado algún tiempo desde aquel día de Pentecostés, hubo otro suceso notable. Otras dos mil personas se unieron a la comunidad. Los apóstoles de nuevo habían predicado la salvación en el nombre de Yahshua, el Mesías, en el mismísimo templo, en medio de la Corte de los Gentiles. Toda la ciudad sabía lo que estaba pasando, pero no comprendían del todo qué era lo que causaba que todas estas personas empezaran a vivir juntas. Podían ver el contraste entre la hipocresía de los poderosos líderes religiosos y la simple devoción y amor de los nuevos seguidores del Mesías. Los fariseos y gobernantes de la ciudad sabían que debían tomar medidas de inmediato. ¡La situación era aún más inquietante que cuando Yahshua estaba vivo!

En la región de Judea, varios miles habían declarado su fe en este Mesías, y como resultado, se dedicaban cada día a servir y cuidar los unos de los otros[2]. El mutuo amor que se expresaban nacía del perdón que habían recibido por sus propios pecados. No les importaba nada más que esto: entregarse cada día a cubrir las necesidades de sus hermanos, trabajando con un celo y una visión ilimitados.

El Evangelio del Reino

Cuando Yahshua enseñaba a sus discípulos El evangelio del Reino [3], se refería a esta nueva vida. La comunidad en Jerusalén era un saboreo del reino de Dios, era su Reino en la Tierra [4]. El mayor testimonio, superior incluso al de las milagrosas curaciones realizadas por las manos de los apóstoles, era el milagro de esta nueva vida en común. Su amor incondicional, su unidad de corazón y la forma desinteresada en que cuidaban unos de otros sólo podía ser la obra de Dios[5]. Estas eran las obras mayores de las que Yahshua había hablado en Juan 14:12. Serían el principal testimonio[6] de su vida en la tierra[7].

Todas las barreras sociales, educacionales o lingüísticas quedaban derribadas ante este amor, perdiendo éstas su poder de dividir a las personas. Todos los que creían estaban juntos y compartían todo lo que tenían[8]. Yendo de casa en casa, proveían el alimento y la ropa necesaria para todos. Trabajaban juntos, sirviéndose unos a otros con un profundo reconocimiento, totalmente agradecidos por esta nueva vida. Compartían una estructura económica de mutuo sustento que demostraba que realmente estaban buscando primero el Reino de Dios y su justicia[9]. Y tal y como el Salvador había prometido, todas sus necesidades estaban abundantemente cubiertas a través de su vida en común sin tener que preocuparse (luchar) por ellas como hacían los gentiles. Obedeciendo el evangelio, ellos habían dejado todo atrás, y a cambio, habían recibido cien veces más. Esto demostraba que su fe era genuina, y también, que habían sido perdonados y lavados de sus pecados[10]. Ya no vivían para sí mismos ni buscaban sus propios empleos, sino que se dedicaban a la tarea diaria de construir la Comunidad del Mesías [11], una nueva vida y cultura.

Las muchas otras palabras

Los apóstoles predicaban fielmente las “otras muchas palabras” [12] del evangelio, enseñando a los que les escuchaban, a obedecer todo lo que el Mesías había ordenado[13] Ellos fueron amonestados una y otra vez, e incluso detenidos con el fin de apagar su celo, pero nada podía oponerse al empuje del Espíritu Santo que estaba sobre ellos. Llegó un momento en que la tensión había aumentado de tal manera que los líderes religiosos de Jerusalén decidieron poner fin a esta situación. Así que conspiraron para destruir a los discípulos y de esta manera, acabar con la confusión que éstos habían sembrado entre sus hermanos judíos. Decidieron encarcelarlos, y reflexionar a continuación sobre qué debería hacerse con estos hombres que estaban promoviendo esta nueva secta religiosa entre los judíos. Entonces, obrando cautelosamente para evitar tumultos, encerraron a Pedro y a Juan en la prisión.

El mensaje completo de esta nueva vida

Se hallaban en medio de su sufrimiento, envueltos por la oscuridad de los muros de la prisión y la quietud de la noche, cuando un ángel apareció y las puertas se abrieron.

“Id, y puestos de pie en el templo, hablad al pueblo todo el mensaje de esta Vida.”
(Hechos 5:20)

Ya nada podía pararles. El mensaje completo de esta nueva vida, que estaba siendo vivido en comunidades ante los propios ojos de los habitantes de Jerusalén, no podía ocultarse. El ángel ordenó que el mensaje completo de esta nueva vida fuera explicado de una forma comprensible [14] a aquellos que lo estaban presenciando. El consiguiente efecto de su testimonio y de su comportamiento, no debía pasar desapercibido.

La autoridad de aquel ángel vino sobre ellos y los apóstoles supieron lo que tenían que hacer [15]. Llenos de coraje y determinación empezaron a hablar valerosamente acerca de esta nueva vida en comunidad en el patio del templo. El pueblo de Jerusalén necesitaba que alguien les explicara el significado y el origen de esta nueva vida para que también pudieran ser salvos. De otro modo, la gente no lo habría entendido.

El mensaje podía ser proclamado ahora por completo, porque esa vida ya estaba existiendo. El ángel no podía haberle dado este mandamiento a Pedro antes de que la comunidad de Jerusalén fuera establecida. El testimonio del Reino[16] era una vida juntos en comunidad que podía ser observada, y era una parte integral de las buenas nuevas. Esto era lo que el ángel les había dicho, que el evangelio tenía que ser expresado en términos bien definidos, que explicaran cual era la realidad de la vida que producía. Por supuesto, la vida de la que hablaba el ángel en el libro de los Hechos 5:20 era la misma que el Espíritu Santo había causado que fuera descrita en los capítulos anteriores. Puedes leerla tú mismo en Hechos 2 y 4.

¿Qué mensaje proclamarías tú?

Veámoslo de otra forma: ¿Qué pasaría si el ángel viniera a ti? ¿Qué saldrías a proclamar con toda confianza? ¿Cómo explicarías tu “vida en el Mesías” a la gente hoy en día? ¿Dirías las mismas palabras que dijo Pedro aquel día, lleno del testimonio de la palpitante vida de la Comunidad en Jerusalén? ¿O tan solo podrías hablarles acerca de tus clases en la escuela dominical, y de la misa de los domingos, o de tus estudios bíblicos los miércoles por la noche? ¿O de cómo intentas ser un buen testimonio en tu trabajo, y de lo fiel que eres para pagar tus impuestos? ¿Crees realmente que el Espíritu Santo habría descrito tan detalladamente la palpitante vida en comunidad de la iglesia en Jerusalén si no se tratara de un ejemplo a imitar?[17]

La confianza que Pedro tenía es la que todos los creyentes deben tener. Bien, no todos los creyentes son apóstoles como era él, pero todos deberían tener la confianza de saber que el evangelio que predican se vive como un testimonio, a la vista de todos, como lo era en la iglesia de Jerusalén: la Comunidad de los Redimidos.

Este era el testimonio de aquellos que creían. Vivían juntos, tenían todo en común, estaban devotados a las enseñanzas de los apóstoles y a la comunión, a la partición del pan y a la oración en sus reuniones diarias.

Su vida estaba “puesta aparte” y era diferente de la vida común de los romanos y de los judíos. Era una vida que contrastaba con los principios que gobernaban la sociedad moderna. Era el resultado de obedecer todo lo que Yahshua ordenó [18]. Los requisitos necesarios para que les fuera impartido [19] el Espíritu Santo eran aceptar su sacrificio y obedecer los mandamientos dados a sus discípulos [20].

Por dondequiera que el verdadero evangelio sea predicado, el resultado será este “patrón” [21] de la vida del Mesías en comunidad. Las palabras del evangelio, unidas a la vida en comunidad (que es el fruto del evangelio), es el testimonio del Cuerpo del Mesías sobre la tierra. No puedes tener lo uno sin lo otro.

1. Hechos 2:41-47 y Hechos 4:32 - 37 [atrás]
2. Juan 13:34-35 [atrás]
3. Mateo 24:14; Lucas 4:43; Mateo 4:23; 9:35; Marcos 10:29-30 [atrás]
4. Mateo 12:25-29 [atrás]
5. Hechos 4:32 [atrás]
6. Testimonio: evidencia; el testimonio del que presenta hechos irrefutables. [atrás]
7. Juan 13:34-35; 17:21-23 [atrás]
8. Hechos 2:44 [atrás]
9. Mateo 6:33 [atrás]
10. Marcos 10:28-30 [atrás]
11. 2 Corintios 5:15; Efesios 4:16 [atrás]
12. Hechos 2: 40 [atrás]
13. Mateo 28:18-20 [atrás]
14. Comprensible: Poner claro el significado de algo. [atrás]
15. Hebreos 1:14 [atrás]
16. Mateo 24:14; Lucas 4:43; Mateo 4:23; 9:35; 6:33 [atrás]
17. 1 Tesalonicenses 2:14; Romanos 16:5; 1 Corintios 16:19; Colosenses 4:15 [atrás]
18. Mateo 28:18-20; Juan 14:21-23; 8:51; 15:7-14; 1 Juan 2:3-5; Apocalípsis 22:14 [atrás]
19. Hechos 5:32; Juan 14:21-23 [atrás]
20. Lucas 14:26-33; Mateo 10:34-40; Marcos 8:34-38; 10:26-30; Juan 12:25-26 [atrás]
21. Hechos 2:41-47; 4:32-35; 1 Tesalonicenses 2:14 [atrás]