Doce Tribus
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UNA VEZ... hace mucho tiempo, hubo un grupo de personas que se amaban unos a otros.

Unos habían sido pescadores, otros granjeros, dos de ellos habían trabajado para el gobierno, y los demás se habían dedicado a muchas otras cosas.

Por el amor que se tenían, decidieron vivir juntos; así que los que tenían posesiones o propiedades las vendían y compartían el precio de lo vendido con todos los demás, según la necesidad de cada uno. Ninguno de ellos decía poseer algo propio, sino que tenían todo en común. Vivían juntos, comían juntos, trabajaban juntos. Entre ellos no había nadie necesitado.

¿Quién era esa gente: marxistas alemanes, comunistas revolucionarios, o quizá hippies idealistas? No, ellos fueron la primera comunidad de los seguidores del Hijo de Dios, el Mesías, y de sus enseñanzas, en Jerusalén. El gran amor que tenían unos por otros y su gran celo les permitió iniciar un nuevo Israel. Estaban determinados a crecer hasta formar una nueva nación de gente que se amara de verdad y con todo el corazón. Todas las antiguas barreras que separaban a las personas fueron derribadas.

Su vida en común era el comienzo de una nueva sociedad que creció con rapidez extendiéndose por otras localidades. Donde quiera que vivían, copiaban lo más exactamente posible el patrón que había sido establecido en Jerusalén, amándose unos a otros del mismo modo que aquellos que habían formado la primera comunidad. Pero también había muchas dificultades y persecuciones.

No sabemos exactamente qué fue lo que sucedió, pero sí sabemos que en un corto espacio de tiempo, no más de 50 años, las cosas cambiaron mucho; perdieron su primer amor por Aquél que los había salvado, así como el ferviente amor que tenían unos por otros. De hecho, estas pequeñas comunidades se terminaron. Pasaron de vivir juntos a simplemente reunirse de vez en cuando para hablar del Mesías. Ya no era lo mismo, y además, no quedaba nadie para decirles cómo debería ser.

Lo que un día fue una comunidad de amor, el comienzo de una nación de 12 tribus, Israel; poco después no era nada, porque el Espíritu del Mesías había dejado de guiarlos.

Los grupos se volvieron rígidos y formales y las normas se multiplicaron. Se sucedían las discusiones y debates intelectuales. Los líderes se pusieron sotanas y comenzaron los rituales. Las ceremonias se repetían año tras año. Y aunque ya no había vida, la forma continuaba... muerta, vacía. Quizá, de alguna manera, has experimentado este vacío en alguna iglesia, en algún lugar.

Cuando desaparecieron las primeras comunidades, comenzó el cristianismo. No fue el Hijo de Dios el que lo inició. Ni tampoco sus verdaderos seguidores,     aquellos que se aferraban a sus palabras y obedecían sus enseñanzas. La corrupción y la decadencia no formaban parte    de esas enseñanzas, ni tampoco el hecho de ir a un edificio una vez a la semana para sentarse aburrido en un banco, con la mente puesta en cualquier cosa. No se supone que teníamos que soportar eso, ni que ese vacío llenara nuestras, almas de apatía. Dios nunca quiso que fuera así...

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