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Articulos de 2015-03

Redada en la Comunidad en Klosterzimmern. Relato de un testigo ocular.

Septiembre 5, 2013, Yom Teruah (El día del despertar) 

6 a.m. jueves por la mañana del 5 de septiembre. Alrededor de 100 policías y 25 vehículos entraron en nuestra propiedad seguidos por otros tantos asistentes sociales, guiados por el jefe de los servicios sociales. Tan pronto como entraron, se repartieron estratégicamente por toda la propiedad. Como era Shabbat, Yom Teruah (Rosh HaShannah), el primero de los diez días de Yom Kippur (Día de La Expiación), no nos reuníamos hasta las 8 de la mañana. Todavía estábamos en la cama, excepto algunos que estaban ordeñando las vacas. Es difícil de creer que no sabían que el mejor día para apresarnos era uno de los grandes días santos de la tradición judía.

Nos despertamos con el ruido de los vehículos y de los policías hablando alrededor de nuestras casas. A algunos, los policías nos sorprendieron al entrar en nuestros dormitorios, vistiéndonos apresuradamente, mientras desesperados llamábamos a amigos y a nuestro abogado. Fuimos concentrados en nuestro salón por muchos policías fuertemente armados y los funcionarios de los servicios sociales. Uno de los asistentes sociales nos leyó la decisión del juzgado, que la custodia de todos los niños de los padres de la Comunidad de las Doce Tribus en Klosterzimmern menores de 18 años fue parcialmente quitada (con respecto residencia, cuidado médico, educación, y relaciones) y dada a los servicios sociales, y que debíamos dejarles ir inmediatamente, o si no, utilizarían la fKlosterzimmern Raiduerza.

Se nos preguntaron nuestros nombres y los nombres de nuestros hijos; que no estábamos seguros de que deberíamos de dar, ya que todo parecía un increíble ataque en contra de los derechos humanos. El jefe de policía nos pidió entonces entregarles a todos nuestros hijos y jóvenes, incluyendo una joven visitante. Como dudamos, vimos a los asistentes sociales ponerse sus guantes negros y supimos que estaban preparados para arrebatarnos a los niños si no cooperábamos.

Pasaron por nuestra memoria escenas de la última redada en octubre de 2002. Alguien dijo: “¡esperad un minuto, vamos a orar por nuestros hijos! Así que decidimos orar por ellos y los enviamos con los asistentes sociales, para evitarles la violencia de ser arrancados a la fuerza de nuestro lado. A las madres lactantes se les permitió acompañar a los bebes.

Después de que se llevaran a los niños se nos pidió que nos hiciéramos fotografías individuales sosteniendo un rótulo con un número de identificación diferente para cada uno. Les ofrecimos identificarnos con nuestros documentos de identidad, en los cual no estaban interesados. El jefe de policía y SS “Staatsschutz” nos amenazó diciendo que si no accedíamos a hacernos las fotografías, recibiríamos duras multas y seriamos encarcelados. En fila india fuimos llamados a entrar en una habitación uno a uno y tomarnos las fotografías sujetando el número, al igual que criminales. El número fue posteriormente registrado en su lista. Me sentía como si estuviera experimentando el mismo trato del que había leído durante mi juventud en los informes acerca de los judíos en los tiempos de los nazis. Tenía el sentimiento de que si hubieran podido nos hubieran llevado directamente  a un campo de concentración.

Cuando comenzamos a despertar de nuestra conmoción, nos dimos cuenta que nuestros hijos se habían ido y que los habíamos dejado marchar, sin realmente haber sido informados de nuestros derechos legales y que tampoco se nos había permitido nuestra defensa legal. Nos dirigimos a los policías y funcionarios diciéndoles que lo que estaba pasando no parecía legal, y que queríamos ver a nuestros hijos, saber dónde los estaban llevando, ver un abogado, y que se nos entregaran los document6os legales del procedimiento. Simplemente nos dijeron que era legal y que no había nada que podíamos hacer, y trataron de calmarnos diciendo que pronto sabríamos donde están los niños y podríamos comunicar con ellos. No nos permitieron salir de la habitación.

Ahora, tres días después, sabemos que nos mintieron. Después de muchas investigaciones, la mayoría de los padres no saben dónde están sus hijos (entre 3 y 17 años). A los niños mayores les proveímos de dinero y teléfonos y prometieron llamarnos. No lo han hecho, obviamente se les ha impedido hacerlo por la fuerza. Los abogados que les han sido asignados no saben dónde están ni tampoco tienen ninguna información de contacto.

No hemos visto ningún documento oficial a parte de un papel dirigido  “ a los padreKlosterzimmern Raids de los menores de la Comunidad de Las Doce Tribus en Klosterzimmern”- sin nombres, solo con una información genérica de que “nuestra” (¿la de quién?) custodia nos había sido quitada y que podríamos obtener información en un número de teléfono de los servicios sociales. En todos los números de teléfono a los que llamamos se nos dijo “que no se les estaba permitido darnos ninguna información”.

Más tarde supimos que un abogado y algunos otros amigos habían tratado de venir a ayudarnos durante la redada y que no se les permitió acceder a nuestra propiedad. Cuando por fin se nos dieron algunos documentos legales del procedimiento, tras la severa exigencia de un abogado, era el viernes por la tarde. Todas las oficinas cerraron el fin de semana. Los abogados asignados a los niños acababan de recibir la documentación del procedimiento, algunos están todavía de vacaciones y los que han intentado obtener información no han podido encontrar nada.

Así tenemos que esperar hasta el lunes, apenas pudiendo dormir, comer, o pensar con claridad, sufriendo sin saber dónde están nuestros hijos. Supuestamente todo esto se ha hecho por la preocupación por el bienestar de nuestros hijos y para asegurarse que se protegen sus derechos. Los que parecen tan concernidos por nuestros hijos, como el jefe de los servicios sociales y el jefe del condado se han marchado de vacaciones por dos semanas. El juez que firmó la orden está demasiado ocupado para hablar con nosotros.

Así no hay ninguna institución legal a la que recurrir acerca de la injusticia que sentimos que está sucediendo. No tenemos a quien ir excepto al Juez Justo que un día juzgará de acuerdo a las obras de cada uno (Juan 5:28-29). Sabemos que nuestro Redentor vive y es nuestra única esperanza y nuestro abogado. Creemos que todo esto que ha sucedido tiene propósito y que nuestro sufrimiento no será en vano, sino que esperamos que esto no solo nos despierte a nosotros sino a muchos otros. La gente de Europa, especialmente la nación alemana, ha sufrido durante toda su historia bajo el temor de la pesada opresión de los poderes político y religioso. Nuestra esperanza es que nuestra liberación, cuando llegue, de esperanza a la gente que hay Uno que juzga con justicia.

Annette Schüle

(Madre de seis hijos que ha perdido un hijo e trece años en la redada)

¿Por qué no preguntas a las víctimas?

Si quieres conocer la verdadera historia….¿Por qué no preguntar a las víctimas?

Crecí en la Comunidad de las Doce Tribus. No nací aquí, pero vine cuando tenía solo un año. Cuando el estado de Vermont autorizó la redada en nuestra comunidad tenía cuatro años.  Fui llevado junto con otros 111 niños y nuestros padres, quienes insistieron en acompañarnos, a un gran gimnasio donde estuvimos retenidos hasta que el juez dictaminara que había indicios de abuso. Después seriamos examinados por asistentes sociales, médicos, psiquiatras, quienes decidirían que estábamos siendo víctimas de abuso, lo que daría lugar a que fuéramos apartados de nuestros padres y dados a quien sabe quién. Tal vez hubiera sido uno de los que habla la siguiente cita de la Universidad de Princeton:

“Todos los niños se desarrollan mejor cuando viven en familias estables, seguras, que se ocupan de alimentarlos y criarlos bien, sin embargo, demasiados niños no tienen esta base fundamental. Cada año millones de niños sufren abuso o negligencia. Cerca de 300.000 niños son sacados de sus hogares por el estado y dados a otras familias o instituciones. Para muchos de los niños estos lugares no son un refugio seguro, sino que andan a la deriva de un lugar a otro, faltándoles el cuidado, en espera de encontrar una familia para siempre”.

Me he imaginado ese escenario “andado a la deriva de un lugar a otro faltándoles el cuidado en espera de encontrar una familia para siempre”. Lo he imaginado en vez de experimentarlo porque, en nuestro caso, hubo un juez que seguía considerando su deber de defender la Constitución de los Estados Unidos como su deber público y obligación moral.

Oh, los horrores que he escuchado de los que han crecido en tal ambiente. Demasiados para enumerarlos, aunque si alguien quiere saber la verdad  no es difícil de averiguarla.

Afortunadamente  me quedé con los padres que Dios me había dado. Digo afortunadamente, consciente de lo afortunado que he sido de haber crecido en una familia “estable, segura, que se ocupó de alimentarme y criarme bien”. Sé que muchas no lo son y no lo digo con arrogancia, sino con profundo agradecimiento que me hace llorar cuando pienso en ello. Puedo mirar hacia atrás, a mi vida, como si fuera una película o lo que las películas solían ser, una escena conmovedora. Ese soy yo, con mi pelo rizado. Estoy sujetando una escoba que, por su tamaño,  parece que podría tirarme al suelo. El mango se eleva por encima de mí con su gran tamaño, mis brazos firmes para controlarla. La pila de viruta y polvo a mis pies es impresionante, colocada en un círculo que se estrecha según barro el perímetro. La meta está cerca y mi impaciente sonrisa lo muestra. Tengo tres años y acabo de aprender a barrer el suelo.

El hombre que está a mi lado es mi padre. Ha estado de pie, inclinándose sobre mí desde hace una hora. Estoy seguro que le duele la espalda, aunque nunca me lo diría. Con una sonrisa genuina y orgullosa se endereza para buscar el recogedor. Mientras hecho la suciedad dentro del recogedor que mi padre sostiene, sé que he aprendido a barrer. Nunca se me olvidará como barrer un suelo. Solo tenía tres años, pero ya sabía hacer algo. Esto me daba valor y dignidad. No importa donde fuera o con quien estuviera siempre mi presencia era bienvenida porque podía ayudar barriendo el suelo.

Aunque hubiese sido llevado aquel día, nunca hubiera olvidado la lección ¿Me habría dado alguien una escoba? ¿Hubiera sabido alguien de lo que era capaz? ¿Le hubiera importado a alguien? Si hubieran visto lo que sabía hacer, ¿Hubieran estado orgullosos de mí?, Si lo hubieran estado ¿Qué derecho tendrían a estarlo? ¿Se preguntarían quien me enseño?

Este pequeño ejemplo es uno entre miles. Creo que no me hubiera acordado sino fuera porque un día en una obra estaba observando a tres trabajadores. Eran trabajadores temporales contratados para limpiar la obra. Me di cuenta que actuaban de una manera un poco extraña. Dejé de trabajar para observarlos más atentamente. Quería saber a qué se debía lo que estaba percibiendo y no tardé mucho en darme cuenta. Cada uno tenía una escoba que empujaba sobre el suelo, pero no recogían la suciedad. Su esfuerzo no era más que un gasto de tiempo y dinero para el contratista. Al principio pensé que eran vagos, dando por hecho que hombres adultos sabrían como barrer un suelo. Me dirigí a ellos para decirles que si no hacían un buen trabajo les despedirían. Su mirada me hizo darme cuenta de lo que les pasaba, no sabían barrer. Les enseñe lo que mi padre me había enseñado y se quedaron contentos de haber aprendido. Volví a mi trabajo y empecé a preguntarme quien me había enseñado a mí. Al principio pensé que había aprendido solo, pero después me acorde…

Aquí estoy otra vez, ahora tengo siete años. Estoy sonriendo y puedes ver el diente que me falta, parece que estoy orgulloso de mi nueva imagen. Es verano y mis codos y rodillas están adornadas con las usuales marcas de raspones y costras que parecen no sanar antes de ser renovadas por la última caída, golpe o percance en general. Recuerdo bien este tiempo de mi vida. Es más que nada un torbellino de recuerdos, una feliz nube de gozo, que parece que solo experimentas de niño. Los pegajosos y calurosos días de verano, cuando podías quemar la energía con kilómetros de correr, nadar y una multitud de tareas que no parecían trabajo, seguidos por el frio del otoño cuando el aprendizaje académico se reanudaba a pleno ritmo. Intercalados están los grandes recuerdos que jamás podré olvidar y los que se han convertido en historias que contar una y otra vez.

Aquí estoy, trabajando con mi padre, todavía con siete años. Es verano y de alguna manera se las ha arreglado para que le acompañe al trabajo ese día. Este es el mayor de los privilegios para mí y no lo echaría a perder por nada del mundo. En el centro, Boston parece un hervidero, con el tráfico, el ruido de bocinas y sirenas y de gente entrando y saliendo de los edificios que conforman el centro. Es en uno de estos que estamos trabajando. Tiene veinticinco pisos. Parece que se va a volcar cuando miro hacia arriba desde la base. Me gusta subirme a los ascensores, después se lo contaré a mi hermano. Me gustan las paredes brillantes. Los trabajadores de las muchas oficinas son amables conmigo y me dan cosas que me gustan. Es mediodía, puede que empiece a mostrar señales de cansancio pero queda mucho que hacer. Estamos en el pasillo esperando el ascensor. Necesitamos algunos suministros de la ferretería. Mi pequeña mano desaparece dentro de la mano de mi padre que me sujeta con firmeza. La otra comienza a explorar lo que hay alrededor hasta encontrar lo que parece un dispensador de jabón. Tiro fuerte de la palanca. En vez del líquido jabonoso, una penetrante alarma corta el aire y el impactante flash blanquiazul agrede mis ojos. Nunca había visto o escuchado algo así. Miré a mi padre. Su mirada paso de sobresalto a horror, al darse cuenta que soy la causa de tan asombrosa interrupción. Trató de volver la alarma a su posición normal, pero fue en vano, lo hecho, hecho está. Solo queda esperar las consecuencias. Los trabajadores comienzan a salir uno por uno, bajando por las escaleras en vez del ascensor. Sus ordenadores se cerraron automáticamente y horas de trabajo de cientos de empleados se perdieron. La evacuación era obligatoria. La gravedad de la situación me hizo caer en un estado de adormecimiento. El peso sobre mis hombros era como toneladas de piedras que debía cargar. Después de todo, era mi culpa. Los camiones de bomberos comenzaron a llegar en masa, precedidos por miríadas de policías y seguidos de muchas ambulancias. Vi la cinta amarilla que se extendía a lo largo de tres manzanas, cerrando esta sección de la ciudad hasta nuevo aviso. Miré a mi padre buscando alivio. Lo que vi me confirmó que lo que había hecho era muy serio. Quería desaparecer. Quería poder despertarme y decir que había sido un mal sueño. Quería disfrutar de ver tantos camiones de bomberos. Me sentía tan mal. ¿Cómo podría pagar las consecuencias de un hecho tan terrible? Cuando llegamos a casa mi madre se dio cuenta de la expresión en la mirada mi padre. Su respuesta a la pregunta habitual, “qué tal?”, fue,  “ el peor día de mi vida”. Oh, ¡que castigo merecía! Este sería el azote de azotes. Mis padres nos daban unos azotes cuando hacíamos lo que sabíamos que estaba mal o cuando desobedecíamos, pero esto, oh, esto…merecía cualquier cosa.

Por el tono de voz de mi padre pude darme cuenta que estaba equivocado. Calmada y amorosamente, sin pizca de enfado o decepción, me dijo: “Te voy a dar unos azotes porque sabes que tienes que preguntar antes de tocar algo que no sabes lo que es”. Apenas podía creerlo. Estaba siendo castigado por el hecho y no por las consecuencias. Siempre amaré y respetaré a mi padre por esto. Más tarde me llevo al dueño del edificio y al jefe de bomberos a pedir disculpas. Con los azotes que recibí y su perdón mi culpa había sido absuelta. Podía seguir viviendo sin ninguna vergüenza por lo que había hecho. Había sido perdonado.

En los últimos años de adolescencia había aprendido más que la mayoría de los chicos de mi edad. En verano no solo se me había permitido trabajar, sino que se había requerido mi presencia y esto me gustaba. Pero este día iba a ser diferente. Había hecho un comentario que a mi madre no le había gustado nada. Parecía como si mi trabajo estuviere en peligro. No entendía porque estaba tan alterada. Todo lo que había dicho era algo como: “No voy a hacer trabajo de mujeres”. Había llamado a “ayudar en la cocina”, trabajo de mujeres, y ahora mi madre estaba furiosa. Habló con mi padre por largo tiempo. Después me llamaron. Mi padre le dijo que hablara. Ella me dijo: “a la gente como tú se les llama machistas chovinistas. Si es así como ves el trabajo que hacemos, algún día maltratarás a tu esposa. No voy a tolerarlo, hoy me vas a ayudar”. Estoy muy contento que me dijo esto y que mis padres lo llevaron a cabo. Si no les hubiera importado lo suficiente como para educarme hubiera llegado a ser lo que ella dijo. Por el contrario, respeto a mi esposa, la amo como es y además se cocinar y me gusta.

Esto es solo algo del honor que debo a mis padres por la maravillosa educación que recibí. Solía darlo por hecho, pero ahora sé que es un don precioso que no muchos reciben. Ahora tengo tres hijos y quiero educarlos de la misma manera. No quiero odiarlos ignorando su desobediencia; tampoco quiero odiarlos  abusando de ellos. Me fueron dados por Dios, y el derecho, responsabilidad y privilegio de educarlos es mío y solo mío. Cualquiera que quiera interferir en esto estaría poniéndose por encima del Creador. ¿Existe algún mal mayor?

Para terminar, si nuestra comunidad es de verdad culpable de abuso de menores, habéis escuchado de una de las “victimas”

Shemuel